domingo, 17 de septiembre de 2017

A Cleo, con amor.


De todos mis compañeros de trabajo, hay algunos cuyo material genético debería ser conservado para futuras clonaciones. Depósitos de esperanza, semillas dignas de un búnker. A unos los admiro por eruditos, por su asombroso disco duro donde guardan no sólo datos naturales dispersos, sino las claves necesarias para relacionarlos. De otros envidio sus cualidades sociales, su agudeza a la hora de comprender y cautivar a la gente, la elegancia que despliegan en el manejo de situaciones que a cualquier otro actor podría estallarle en las manos. Los hay que no se necesitan reloj, que no se quejan nunca, que tal vez se cansan pero no lo demuestran, que parecen inmunes a los castigos del sol o del hielo. Los hay alegres, comprometidos, generosos con su tiempo y su sabiduría, barricadas contra la indolencia. Los que no han aprendido a poner excusas. Los que en un mundo defectuoso conservan unos cuantos anticuados principios. Los que prefieren centrarse en lo que ellos pueden dar, antes de en lo que los otros les quitan.

Me siento afortunada por conocerlos y rezo cada día mis más vehementes oraciones ateas para que nunca, nunca, sean víctimas de la desidia. Pero si tuviera que elegir a uno sólo como modelo me quedaría, que el resto me perdone, con Cleo. Con Aura. Con Lobo. Con Clarita. Con cualquiera de ese puñado de criaturas cuyos nombres apenas recuerdo. Ojalá algún día el trabajo o la vida misma tuvieran para mí la misma cualidad de juego y entrega que tiene para ellos. 

Madrugando en una mañana de julio para cogerle una cierta ventaja al calor, aunque después el coche de carreras del verano nos adelante sin despeinarse. Pisando suelos traicioneros de escarcha. Por pedregales que fagocitan la suela de las botas. Entre espartos que en la distancia parecen oro macizo. Bajo cielos vastos e impíos o espesuras que no recuerdan tonos azules. Los contemplo muchas veces en la distancia, seguidos de su guía, porque siempre andan más ligero que una. Han salido de su coche raudos, apremiados por una misteriosa sirena, corrido decenas de metros antes de que a mí me haya dado tiempo a colgarme la mochila. Me entusiasma ese talante arrojado que tienen, por encima de sus indiscutibles talentos. Ese hambre concienzuda de vida que en ningún momento los conduce a tontas y a locas. Lo serio, lo crucial de su alegría. 

Su intervención es decisiva, pero más que el transcendental qué, me conmueve el cómo. En una realidad remotamente justa, estos seres limpios deberían dedicarse a rastrear fuentes de vida. Pero huelen lo que los humanos no olemos: la crueldad antes que la muerte, el veneno tan alevoso que a nosotros nos resulta imperceptible. Si no fuera por ellos el monte sería todavía más un campo de minas. Siendo esta tarea importante, lo que a mis ojos los hace ejemplares es el modo en que se recrean. Cómo se zambullen en un océano de olores y no suben a superficie hasta que no dan, si lo hay, con el que nunca se desea. Lo cándido de su recompensa: unas palabras de aprobación y algo que a mi poco entender parece un guiñapo. Un juguete. Quizás también el permiso para seguir jugando.

Y yo quiero ser así. Trabajar, vivir entregada en pos de una recompensa casi imaginaria. No un elogio ni un premio, sino un sentido: un pequeño entusiasmo puesto al servicio de unos valores, ganándole la enésima partida al desaliento, la apatía o el cansancio.


domingo, 10 de septiembre de 2017

Si ves llama, a lo mejor es tu culpa


Este verano negro todavía guarda llamas. Todavía escozor y sobresalto. Todavía combustible para el pornocatastrofismo del telediario. Y torrentes de saliva, real o digital, corriendo como si de veras pretendieran apagarlas. Seguirá habiendo quien siente cátedra antes de que monte y mente se enfríen. Quien se muestre categórico y marcial delante de las cámaras. Seguirán indignando e indignándose, usando un lenguaje moral o bélico, removiendo las entrañas de la gente. Se posicionarán con firmeza frente a lo criminal, como corresponde. Pero ese dedo que acusa implacablemente al delincuente, al forajido, a veces también flaquea. A veces se muestra incómodo y entonces obvia el hecho de que detrás de muchos incendios está, por supuesto, la mano del hombre, pero no la mano vil, sino la mano estúpida.

Yo no voy a hablar sin saber lo suficiente. No voy a ser rotunda porque no dispongo de estadísticas. Uno de mis principios básicos es procurar no faltarle el respeto a las realidades complejas: no generalizar, no simplificar, no convertir un bosque de causas y relaciones en un esquema digerible. No vivimos en el más sutil de los presentes, pero aún sobreviven diferencias. Todavía podemos hacer chistes sobre gallegos, vascos o andaluces. Y quien dice chistes, dice distinciones acerca de cómo cada región se relaciona para bien o para mal con su medio. Así que disculpadme si no afirmo que, indiscutiblemente, la mayor parte de los incendios son intencionados.

También hay torpezas tan grandes que no se merecen siquiera ser calificadas de accidentes. Si quemas las ramas que has podado en tu jardín a unos diez metros del monte que rodea tu casa, en un día de poniente desmadrado, y provocas un incendio, perdona, pero si te ves delante de un juez no voy a tenerte lástima. Descuidos fatales así, a patadas. Si su número es mayor o menor que las causas intencionadas no es mi tema. Lo que a mí me interesa hoy es cómo la negligencia se trata públicamente.

He sido testigo de cómo la lengua se desata durante el mismo desarrollo del incendio. Estoy harta de verlo en las televisiones. Lo entiendo: las situaciones de amenaza son siamesas de las demostraciones de fuerza. La gente evacuada, los que tienen que soportar la visión de cómo sus casas y sus campos son devorados por el fuego necesitan saber que alguien va a ser castigado. El mal ronda a las afueras de los pueblos. Y no hay manera de evitarlo, porque la maldad o la codicia o los transtornos mentales son endémicos de la condición humana. Pero sí podemos escarmentarlo. Entonces es cuando las autoridades nos aseguran que van a encontrar a esos criminales. A los que ponen en peligro pérfidamente nuestras vidas y nuestro patrimonio.

Pero la negligencia, por definición, sí podía haberse evitado. Cuando tu mundo está siendo reducido a cenizas, eso no hay quien lo aguante. Tu calamidad no tendría que estar sucediendo si alguien hubiera puesto en sus cosas un mínimo sentido común o una atención mínima. Alguien, además, con nombre y apellidos y hasta mote, no una corporación perversa o un delincuente. Tu vecino. Tu cuñado. Tu mismo. Lo bochornoso de la negligencia es su normalidad: que, más allá de componentes morales, pueda convertir a cualquiera en responsable.

Ante eso, mejor apuntar al mal. El mal intencionado es imprevisible, inevitable, periférico. Nos absuelve porque no forma parte de nuestras comunidades. A ningún político puede gustarle insinuar que los ciudadanos somos un hatajo de descuidados. Porque probablemente somos más interesantes como entes inmaduros y porque no estamos dispuestos a que nos destapen las vergüenzas. Y nuestra vergüenza, como sociedad, es que la responsabilidad personal parece haber pasado de moda.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Mi sillón favorito

Se me ha quedado esta imagen encallada. Como cuando hace unos años se me atrancaban cosas en la garganta. No es una metáfora. Las zanahorias, lo duro y crudo: simplemente detenían su camino y se aferraban, víctimas quizás del pánico a ser digeridas. Asomada a la boca del estómago que hace papilla todas las representaciones y todos los sucesos actuales, mi imagen a lo mejor siente lo mismo. Con toda su sencillez y su aparente inocuidad, se resiste a que la olvide. 

¿Y qué es lo que tiene? Mucho cielo mediocre. Mucha hierba de aspecto severo. Flores capturadas en un plano lo bastante amplio como para no edulcorar el paisaje. Un cordón de montes que sólo en la lejanía se perciben suaves y acariciables. Y un mullido sillón justo en medio, de lo más incoherente. Con los ojos sólo se ve eso. Con el corazón: una intemperie negociada, un desierto que ha quedado en suspenso. 

Puede bastar para atraparme. Amo el espacio abierto. Me conmueven las floraciones de lo árido. Pero hace ya mucho tiempo que metabolicé las fotos que hice un marzo en el Cabo de Gata. Compartían elementos semejantes: líneas desnudas, un vacío que no clamaba por llenarse, una sombra de amenaza que no se pronunciaba, flores amarillas, blancas y azules. Cuando descubro a mi mente holgazana pretendiendo simplificar un paisaje echo mano de aquellas fotos, para que me recuerden que el desierto es mucho más que la imagen que lo resume. El desierto está cuajado de formas, de sexo y hambre, de anhelos de pervivencia.

Pero mis fotos ya forman parte indistinguible de mí, y tengo que volver a mirarlas para devolverles un aspecto preciso. Esta que comparto hoy, en cambio, no se deshace, no sigue su camino, no pierde su consistencia. Es el sillón, me parece. Mi imaginación se ha sentado en él y ha cumplido así el hechizo. Ya no puedo levantarme. No puedo dejar de pensar que esta visión es importante.

Acomodarme en el exterior riguroso como si eso no fuera difícil. Colocar lo mejor de la casa en cualquier parte. Pararme a mirar sin avíos, y mirar, y mirar, hasta que la abundancia de realidad me empape. Seguir las narraciones naturales con la misma credulidad y la misma entrega con que me rindo a novelas y películas. Abrirme a ese espectáculo. Esperar a que se abren flores en lo que en apariencia parecía árido y vacío.

Todo eso se empaqueta en mi imagen: demasiado integral como para digerirla con ligereza.


Mi cámara registraba muchas menos flores que mis ojos y mi memoria.

domingo, 27 de agosto de 2017

Entender la carne

 
A las cinco de la tarde los dos balcones de mi casa siguen abiertos. Lo siento, pero para comprender hasta qué punto me exalta esta frase has tenido que vivir en el puño cerrado del sur los últimos dos meses. Tu piel ha tenido que sufrir una crisis diplomática con el aire. De nueve de la mañana a once de la noche tu vivienda se habrá convertido en un búnker. Has adoptado la estrategia de la cochinilla para que el calor no te devorase.

Agosto, cinco de la tarde, ventana abierta, algo de fresco: prodigio. La lluvia está todavía lejos pero huele, qué diva. Ahora que el fuego respeta una tregua me doy cuenta de que veranos como estos toman a los cuerpos como rehenes. Tumbada en la cama a la hora de la siesta, con una cantidad de ropa que no necesita explicaciones, hoy no siento ganas de arrancarme la carne de los huesos, de liberarme de lo que pesa y suda, de reducirme a un aliento seco. Mi yo físico y ese otro de la mente que sólo sé llamar eléctrico son  esta tarde dos hermanos coreanos que por fin se encuentran. Se entiende bien que el dios mayúsculo naciese tras un delirio en el desierto: el calor extremo te enemista con tu carne y te predispone a lo abstracto.

A mí este fresco pagano me concede lo concreto. Y como no pienso perder este regalo de siesta vegetando, me miro el ombligo, los lunares, cada uno de los dedos, digo yo y flipo. No debería ser causa de asombro que yo sea esta materia. Voy a mirarme y poner mi nombre en cada parte hasta que deje de sorprenderme. En cada centímetro de piel y en lo de adentro. Ahí abajo, qué cantidad de vínculos e historias. Bajo mi barriga llana, medio brócoli y dos jureles a punto de convertirse en yo misma: sol y sal, madrugón de pescador y dolor de espinazo, subvenciones y cuotas, tierra estresada, mar tóxico. En mi muslo, un resto de grasa vieja, superviviente quizás de cuando en los tiempos de universidad me ponía ciega de galletas. Mi cuerpo es yo, es un yacimiento arqueólogico, es ecología y política, atmósfera y roca, rapiña y simbiosis.

Acabo de leer en el imprescindible El dilema del omnívoro, de Michael Pollan -¡en serio, im-pres-cin-dible! - que la mayor parte del nitrógeno presente en las proteínas de nuestro cuerpo proviene no del que fijan las bacterias asociadas a plantas leguminosas, sino de los fertilizantes químicos que aceleran los tiempos vegetales en compases anfetamínicos. Si yo soy mi cuerpo y mi cuerpo es esto, entonces soy víctima y cómplice de crímenes tramados bien lejos: mis células marcan el rastro de cómo la lógica natural se ha ido desmantelando. Miro mi carne y digo yo, y con dolor admito que soy petróleo. Una pequeña muestra del planeta entero, con sus malestares y sus prodigios

Las ventanas siguen abiertas. Mi piel dialoga con el aire. Soy una Tierra diminuta. Me pregunto si la relación será recíproca. Si su devenir se escripta en las células de mi cuerpo, ¿podrá mi cuerpo escribir también una breve historia sobre el suelo y el cielo, alternativa a la que ahora se cuenta? ¿Y si lo que elijo comer cambia el alfabeto de mi carne? ¿Podrá el nitrógeno en mis pestañas y músculos dejar de oler a fábrica? ¿Puede aún la lógica natural sublevarse?



domingo, 20 de agosto de 2017

Pero saldremos

 
Yo sí que tengo miedo. Aunque este no sea el mensaje que precisamente vende o nutre. No importa. Esto es mi corazón crudo y sin especias, no un artículo de consumo o un saco de pienso. Esto es  un cuerpo sin protección ni tratamiento digital de la imagen. Imperfecto, franco, vulnerable. Sometido al engranaje de la naturaleza. Tengo más grasa en los muslos y en el culo de la que puedo alardear, porque ese es el diseño fisiológico que la evolución terminó encontrando adecuado. Y tengo miedo, como los corzos o las perdices. 

El miedo es la emoción básica de cualquier organismo que pueda convertirse en presa. Básica porque es útil para sobrevivir y porque impregna más o menos una cantidad enorme de experiencias. Lo que pasa es que a veces, casi siempre, al integrar la especie más rapaz de las que habitan el planeta, se nos pasa por alto que ahí fuera abundan los depredadores. El miedo es entonces esa tara, ese corsé que te impide andar ágilmente, esa jaula. Esa celulitis del carácter que no conviene que se vea. Hacerse adulto es estimar que la verdad puede ser contraproducente. Y el miedo es una verdad animal que, como la muerte, habitualmente maquillamos.

Yo no voy a salir a la calle con la frase No Tengo Miedo pintada en la frente. Cómo podría, si lo tengo. Miedo de que una noche, helado en mano, el bochorno desprendiéndose a duras penas de mi piel como la camisa de una serpiente, alguien me aseste un hachazo. Miedo de los conciertos y las estaciones de autobús y los pasos de peatones en el centro. Miedo de ver trozos de carne humana. De correr por mi vida no importa a quién empuje o pise. Tengo miedo de que las fieras no huelan de la manera en que los ciervos huelen a los lobos; que no señalen ostentosamente su presencia como los malos cazadores; que no se distingan de la gente. Tengo miedo de que alguien considere mi paseo, mi despreocupación, mi helado, como una ofensa. Miedo de esa simplificación brutal del nosotros o vosotros. Miedo del rencor contra el que ríe. Miedo de que ni siquiera sea rencor, sino algo más incomprensible si cabe, más escurridizo, difícil de manejar como el vacío.

Habrá a quien mi miedo le indigne. Quien lo llame insolidario. Quien piense que es justo lo que alimenta a la bestia del terrorismo. Quien lo desprecie o lo use para calibrar su propia valía. Pero no, no saldré a la calle coreando lemas de audacia. Saldré a la calle en silencio o charlando con quien tengo al lado, fingiendo hasta cierto punto que a nosotros no puede pasarnos. Con todo mi calor y mi cucurucho de chocolate y coco y mi miedo. Y mi verdad vulnerable y mi risa. 
 

lunes, 14 de agosto de 2017

Emergencia


Yo quería hablar hoy del apocalipsis, pero el levante trae un olor demasiado rico a higuera. Y no sólo a eso. También a un mar de bandera roja que limpia la orilla de cuerpos y la mente de morralla. Al romero que escamondó ayer mi padre y que promete una barbacoa con carácter. A la ceniza húmeda del incendio que la semana pasada chamuscó por aquí cerca dos o tres árboles de jardín y unas cuantas cañas: lo bastante para recordarme que tengo el olor a quemado encerrado en el corazón como uno de esos documentos comprometedores que se guardan en cajas fuertes.

Quería ser malasombra y contar que la calamidad quiere citarse conmigo, no para meterle mano a mi vida chica y bendita, sino para contratarme de vocera. Me ronda, me envía señales de muchos tipos. O a lo mejor es que a veces lo que pasa rima en secreto. Una serie, un libro, una charla con un amigo. Caen en ti como piezas sueltas de un puzzle que luego se te ensambla en la mente. De repente te encuentras contemplando un cuadro del fin bastante concreto. 

No veo nunca series, porque la oferta de ocio rebosa mi vaso de tiempo. Pero en la primera que me ha enganchado después de al menos un par de años, una red criminal absolutamente salvaje conspira, tortura y asesina niños con el único objetivo de salvar el planeta de una población humana todavía más asesina, por desmesurada.

Y hacía mucho que no me regalaban un libro, pero hace un par de semanas me sorprendieron con el último de mi admirada Lionel Shriver, Los Mandible, una narración desde el mismo corazón verosímil y prosaico del colapso de nuestra forma de vida.

A mi amigo lo veo unas pocas veces en el mismo único mes del año. Los dos somos realistas pero alegres, alegres pero realistas, o un par de estoicos envueltos por un caparazón de hedonismo. Estuvimos juntos dentro de un bosque y al lado de un río que parecían perfectos. Tan verdes, tan vivos, tan vehementes en su belleza que casi te hacían olvidar que aguas abajo rugía la manada dominguera, obviar los helechos aplastados, los kleenex sucios, banderas de la estupidez humana. En aquel paraíso violado pero perseverante, nuestro pesimismo acerca de la posibilidad de revertir el curso de la destrucción de la naturaleza también parecía idiota.

Pero las señales claman mientras el campo pierde voces y el verde o el blanco amenazan con rendirse. Qué podemos hacer, tú, yo, tres o cuatro nosotros. Abrir bien los ojos como liebres para contemplar quién nos está atropellando. Rescatar con la palabra y en el hueco de las manos pequeñas semillas de belleza. Dejar la mínima huella posible. Confiar todavía en que terminaremos encontrando una solución emergente. Colocarnos cerca de las higueras. 

lunes, 7 de agosto de 2017

Linaje

 
Recordaremos aquella mañana con la fuerza de las primeras veces. Tal vez con la nostalgia afilada de las últimas. Con la melancolía que se asoma a la ventana a ver lo que pudo haber arrancado y no. Puede incluso que ni la recordemos, como difícilmente se recuerda lo que una vez se coló y se hizo consustancial a nuestra vida. La primera palabra, el primer pájaro en el cielo, la primera sonrisa.

La primera vez que derribamos un árbol. La primera vez que, en el huerto, fuimos parte activa. ¿Verdad que las reticencias se me agotaron pronto? Yo decía: un peral que no da peras sigue dando algo. Sombra, soporte para nidos, hojas donde la luz presume como en las vidrieras de una iglesia. Decía: tú tampoco das fruto y no te talamos. Pero un esqueleto en un huerto no es un espectáculo edificante. Un huerto es un empeño humano, un aliarse con la naturaleza para después refutarla: se aguantan los vientos, la avaricia o el abuso de lluvia y el miedo al granizo; se coopera con el suelo y se le hacen ofrendas, y a cambio, se espera que la naturaleza se estanque en una juventud continua. Que lo que crece no mengüe. Que lo que rinde se mantenga. En un huerto se domestica la vida y a la muerte se la humilla.

Aunque sí, claro, hay bajas. Bichos a los que se aniquila con más alegría de la cuenta, que todo es preciso decirlo; matas con complejo de Peter Pan que no quisieron pasar de semillas o brotes, ni fueron lo suficientemente bravas como para echar raíces. Porque para anclarse hay que tener redaños. Para soportar con calma y sin huir lo que venga. Pero un árbol maduro que se seca de golpe y se rinde...tiene que dejar su espacio. Sigue siendo una visión hermosa pero ¿y si su derrotismo se contagia? En el huerto se planta confianza junto a las fresas y tomates. La muerte súbita ha de ser arrancada.

Y ahí estoy yo, criatura poco práctica. Ahí tú, blanco como una endivia. Ahí también el caudillo de los aguacates, secretamente eufórico porque aún tiene cuerda para seguir enseñando. Dónde asestar los golpes, cómo empuñar tijeras de podar y serrucho. Se sabe todavía fértil e imprescindible, dueño de un conocimiento que la siguiente generación no ha superado. Confía en que a lo mejor, cuando él ya no esté para abrir la llave de riego, el agua seguirá manando. Cada hora que pasa removiendo la tierra o maldiciendo a la mosca de la fruta no será tiempo en vano, una fugaz concesión que le hacen el matorral espinoso y las cañas antes de engullirlo. Los árboles que plantó su padre y que él mantiene todavía tendrán ojos que los miren agradecidos y brazos que, con mayor o menor fortuna, los guíen. Esperanza plantada junto a calabacines y boniatos.

Y nosotros, sudando y felices como niños a los que se les encomienda una misión adulta, cruzamos nuestros ojos y sonreímos. Nos hemos zambullido en un ciclo intrincado y formidable. Nos hemos hecho invisibles al azote de nuestro propio ego y al tiempo impío de las ciudades. Estamos juntos los tres en una mañana de clima perfecto por desapercibido. Los cuatro, si honramos al árbol muerto como se merece. Por primera vez nos implicamos más allá de la gratificación inmediata de la cosecha. Por primera vez consideramos seriamente ser agentes de futuro. Por primera vez ponemos nuestro sudor en la receta de los ingredientes imprescindibles para que la naturaleza siga cocinando. Y por primera vez intuimos que no será la última.


Fotografía de cuando simplemente holgazaneaba bajo los aguacates.


lunes, 31 de julio de 2017

Instrucciones para volver

 
Vuelve a entrar en tu vida suavemente, un pie tras otro y callandito. Como entras en tu casa cuando los demás están dormidos; como te sacas los zapatos para que no te delaten. Los espectros también se han amodorrado después de las siestas vacacionales: la persona que creías ser habitualmente, las difererentes caras públicas que usas para afrontar los días. Entra con cuidado en tu costumbre para no despertarlos. Para seguir siendo, todavía, una criatura inmediata, un poco o un mucho niño.

Entra en la casa diminuta como en un vestido estrecho, que limita tus movimientos pero te queda sexy. Acepta sin aspavientos el cambio de nido. Ya no eres pollo de águila sino mamá jilguero: acelarada, ágil y alegre a pesar de las amenazas. Querer hacer más de lo que puedes es tu red. El tiempo tacaño, una jaula. 

Saluda a nadie al traspasar la puerta. Ofrécele tus respetos al jazmín, convertido a la fuerza en planta de interior, medrando pese a maceta y sombra: no parece añorar el arriate. Imita su lunático ciclo, las ventoleras de marchitez y exuberancia; la flor cuando ya se daba por desahuciado; las hojas nuevas brotadas a la luz pegajosa del salón

Contempla tus cosas como si estuvieras en un museo: antiguas y a la vez insólitas. Las fotos en la pared  - celosías nazaritas, los tres árboles perfectos, calles de Lisboa -  tomadas hace ya tiempo que se han ganado el derecho a un érase-una-vez y a una buena historia. El sofá manso y destartalado como un mastín. La suciedad todavía, fabricada con tu piel y tu grasa. Lo vegetal en cubiertas de libros, en tapicerías, estampados y láminas, reflejando lo que amas como si tu cuerpo fuera cristal y tu mente el interior de un invernadero.

Negocia de nuevo con el calor. Admite en ti el aire seco como si nariz y pulmones fueran vírgenes y la respiración fuera a cambiarte. Cae en una cama caliente como en otro cuerpo. Al mediodía la calle es una novela de exploración, y caminar por aceras y asfalto, deporte de aventura. Más de medio mes sin escuchar el rugido de los autobuses. Pequeñas manadas siguiendo el curso y tolerando la sequía de sombra. La ciudad convertida en sabana. 

Respira, huele a fondo, suda y siente escalofríos, toca y restriégate, mira el gotelé como constelaciones a las que hubiera que buscarles nombre. Sigue cerca de las cosas sensibles, igual que en el tiempo sin apretura de las vacaciones. Saca conceptos usados y apestosos al contenedor. Rutina, trabajo, prisa, deber: aplástalos, desmenuza, funde, inventa a partir de ellos nuevas soluciones. Sé el bicho en vez del entomólogo que atrapa y clasifica. Coge polen no importa de qué flor.

 

sábado, 15 de julio de 2017

Tregua

Si estar de vacaciones es recuperar la soberanía de tu tiempo, ¿qué hago yo despierta a las seis de la mañana, atada a mis rutinas como un cabestro? Tiene que pasar al menos una semana sin que el despertador suene para que mi tiránico nivel de alerta se relaje, y luego no pienses que voy a levantarme mucho después de las ocho. A veces creo que tengo lo vegetal incorporado en el genoma y que mi energía bebe compulsivamente de la luz diurna. Estomas en la piel en vez de poros. Párpados de fina celulosa. A las seis es todavía de noche y las plantas duermen. Estoy sola como el Principito durante mi desvelo: no sé qué reino de lo vivo me corresponde.

Una cruenta lucha de poder, el insomnio. Lo que debería ser contra lo que sucede. Lo que es mejor para ti contra lo que es a secas. Cruenta y ficticia, por supuesto, porque a la realidad no hay quien la levante de su trono. Estás despierta. Resístete, indígnate, planea estrategias para reconquistar el sueño. Ponte paranoica y vaticina que en el día por llegar irás de culo. Vuelve a decir lo dicho ayer; verbaliza ahora lo que no llegó a salir de tu boca; proyecta una segunda o una énesima sesión del día pasado; regurgita. La conciencia se alimenta de sí misma. Se divide y multiplica como las bacterias, infecta los minutos. 

Para intentar dormirme hago de todo: escribo mentalmente; cuento respiraciones profundas como si al atravesar mi nariz el aire se convirtiera en rosario. Lo intento todo, salvo aceptarlo. Y cuando por fin comprendo mi torpeza, el panorama cambia. Los grillos imitan una noche tailandesa. Los quehaceres están estancados. Sólo una ínfima parte de mis sensaciones corporales son negativas. Me duelen los ojos, pero nadie se muere ni pierde la libertad por eso. Estoy viva y citada conmigo misma: no tiene por qué ser una situación tan violenta. 

Callar y adherirme a la realidad. Dejar de interpretarla, deformarla, pelearla, refutarla, amortiguar cada uno de sus mensajes incontestables. Abrir el puño donde tengo encerrado al tiempo para que se haga grande y me envuelva. Estar dispuesta a que lo que es me atraviese, sin pretender retenerlo o modificarlo. Soltando es como de verdad uno se vuelve soberano. 

Así atenta, entiendo que no necesito vacaciones del trabajo sino de mí misma. De mi subjetividad y mi sesgo. Tengo que descansar del hábito de escuchar y ver con la mente. Quitarme el uniforme de los análisis y deducciones. Enjaular al gallo de pelea de mi opinión. Todas mis presunciones, mis deberías, mis figuraciones acerca de qué es lo mejor. Lo que hay es lo que hay. Y es bueno. Volveré por aquí cuando la realidad lo decida.

sábado, 8 de julio de 2017

Pequeño y casi terminado

 
Tan blando, tan diminuto. Un comienzo que la primera levantera podría desbaratar. Casi un proyecto, una vida que ha arrancado pero que no quiere alzar la voz por si acaso no pasa de ensayo. Y sin embargo la alza. Perdido entre recortes de un jersey viejo, arrulla de hambre y orfandad. Yo tardo en darme cuenta. Pensaba que era uno más de los inquietantes zumbidos de un coche artrítico. Olvidé que lo muy, muy pequeño también tiene su fortaleza.

Me pongo la caja que lo transporta en el regazo. He tenido dolores de vientre más pesados, y eso que no soy de ovario insurrecto. Pesa tan poco como tu propia sonrisa al paisaje, reflejada en la ventanilla, como una sábana a la altura de la cintura en las mejores noches de verano. No será muy profesional, pero me rindo a la tentación de cogerlo. Un beso en la palma de la mano: irresistible. Los ojos amarillos semiabiertos, cortos y suficientes como un haiku. Tiembla. Su albornoz de plumón esponjoso apenas oculta un apunte de plumas. Todo en él es transitorio, todo milagroso. Agita las futuras alas. Me abruma llevar una semilla de vuelo en la mano.

Y luego, ya en casa, porque dudo de que aguante hasta mañana si no come, abro el balcón a una noche igual de nueva. De menú, trozos de pollo recién descongelado, empapado en agua. Como pico materno, mis pinzas de depilar. No se extraña de nada. Abre una boca que es pura exigencia. Cuando aprieta la necesidad no hay miedo. Apunto la lección en mi libreta mental. Y también esta: pocos actos de amor tan honrados y tan accesibles como alimentar a otra criatura. Lo tendré en cuenta cuando hacer la comida me dé pereza

Pero en nuestro pequeño momento de intimidad no estamos solos. Desde algún ciprés de ahí enfrente, o desde los plátanos bajo los que se corre, se tontea o se distrae el nervio de los niños, podemos escuchar el radar del buen tiempo. ¿Es posible que nos hayamos mirado y entendamos? Si este pollo resiste y crece, en poco tiempo hará lo mismo: apuntalar las noches benévolas con su canto. Pregonar "aquí estoy, he vuelto, este sitio es mío, estoy dispuesto para empujar la rueda de lo vivo". Con una sola nota que repite y repite. Tan simple. Tan elocuente. "Inténtalo tú", parece decirme. A ver si eres capaz de decir tanto y tan relevante con tan poco. 

Y seguimos comiendo los dos. Él pollo, yo asombro. Cuánto lleva este ser en la tierra, cuánto llevo yo. Un pompón de pocos gramos que ya viene programado de serie: volar, cazar, viajar a través de desiertos y mares, expresar, atraer, acoplarse, regresar. Tan diminuto y tan sabio. Y yo, que apenas sé moverme sin lastre ni tampoco enraizarme en un sitio; que no soy tan autosuficiente como pienso; que me cuesta distinguir el amor del apego: tan grande y tan sin terminar.


Autillo bebé después de cenar. Está claro quién manda

lunes, 3 de julio de 2017

Por los flancos (23)


Nunca sabes realmente por dónde va a llegarte el futuro. Por más que la mente se atreva alegremente a asignar coordenadas físicas a conceptos. Confía en que el porvenir está ahí delante, igual que confía en que tus pies van a encontrar a oscuras, en un hotel cualquiera y medio dormida todavía, el camino del cuarto de baño. Pero el futuro también puede atacar por los flancos, por la espalda. Corre en paralelo a ti, sigiloso, o se cruza fugaz y ostentosamente a tu paso. Sus fuentes son tan difíciles de explorar como las del Nilo.

Y no sabes tampoco qué nombre vas a encontrarte infectando tu cerebro. El nombre de alguien a quien acabas de conocer o a quien, ay-madre, aún no conoces. El nombre de una ciudad o un paisaje. Poderoso como un objeto mágico, no puedes parar de pronunciarlo. Hay nombres que de repente se te presentan cargados de mañana. Y no hay modo de desactivarlos.

Nueva Caledonia. Nue.Va.Ca.Le.Do.Nia. Nuevacaledonia, nuevacaledonia. Betty no puede ni quiere curarse este virus. Declina de mil formas el nombre-talismán, lo repite hasta que su sentido geográfico se pierde. Ya no designa una isla plantada en el Pacífico, no tan alejada de Nueva Zelanda, sino una vida distinta, una esperanza, una novela en la que la protagonista huye de forma heroica. En la cubierta del barco que por fin se la lleva del lugar que no soporta, Betty, no tan joven ya pero aún cándida, canturrea su conjuro. No sabe que Nueva Caledonia nunca dejará de ser para ella territorio mítico. Nunca pondrá los pies allí. No practicará su francés, no se acostumbrará a regañadientes a la leche de coco. No se pondrá relativamente morena en sus playas níveas. No se volverá íntima de sus verdes.

Aunque eso ahora mismo no le importa. Se va de casa y punto. ¿Para siempre? Mucho se tendrán que torcer las cosas para que así no ocurra. Betty quiere expresarlo con su cuerpo durante el viaje. Quizás los contornos de la costa de Auckland todavía se distinguen, pero no será ella quién se dé la vuelta para comprobarlo. El pasado es lo que queda detrás; el futuro, siempre delante. Le han concedido una beca gracias a la cual pasará los dos próximos años en Basilea. Después, cuando al fin esté formada como dios manda, marchará a inventariar la flora de lo que todavía no es un lugar sino un sortilegio. Después... Lo mejor es que no hay un después, ni un horizonte que la limite. Su billete no tiene fecha de vuelta.

Pero el futuro ataca por los flancos y te envuelve sibilinamente cuando tú lo esperabas por delante. El suyo no habitará Nueva Caledonia, sino Malasia. Y hacia allí se dirige ahora. Su primo David es médico en Singapur, hombre de selva, aficionado a los pájaros. Será su anfitrión y su muleta durante los tres meses que, antes de partir a Europa, Betty ha decidido pasar en esas latitudes. Está pegada en flora tropical y no quiere hacer el ridículo en Suiza. No lo llegará a hacer, por supuesto, porque los tres meses van a transformarse mágicamente en dieciocho años. El anfitrión, en celestino. La universidad de Basilea, en los bosques de Los Barrios.

Betty no pronunciará ese conjuro mil y una veces. Pero, más que de magia, el futuro es un asunto de azares y conexiones. Realmente sólo precisa de un primo lejano, un campo de concentración japonés, un grupo de prisioneros ingleses que parchean su desesperación intercambiando nombres de pájaros, y un ex-piloto, afable y entrado en carnes, llamado Geoffrey.

viernes, 30 de junio de 2017

Lo incombustible


He oído unas cuantas veces que los dos primeros años de vida son la clave. Cuando los pilares de tu personalidad fraguan. Cuando todas tus respuestas futuras se van esbozando. Si entonces te empapan en amor, devolverás amor cuando te toque. Si te dañan seriamente ya no hay manera de arreglarlo. Si a tu alimentación emocional le falta algún nutriente, el resto de tu biografía será un continuo echar de menos algo. Tus dos primeros años son tu semilla y tu potencia, tu marco y tu límite, tu sumario. Es profundamente injusto. Tu meollo pertenece a un tiempo mítico. Estabas ahí sin percatarte, absorbiendo influencias que no podías controlar, como un hongo. Si fue en lo profundo del bosque o en una cuneta poco importa: no pudiste elegir, no podrás corregirlo. Quizás la experiencia te haga lo bastante consciente como para surfearlo.

Hace un par de días Doñana me dolía en lo profundo y, de entre mis libros durmientes, saqué uno que la aborda. Vanamente, a mi entender, porque hay lugares que son mucho más que la suma de sus partes. Pero a veces las palabras acuden a las heridas como si fueran plaquetas. Y cuando a mí me dan bocados, con libros es como intento rellenar la carne que me quitan. En las páginas de éste encontré, después de muchos años sin verla, una foto.




Ese animalito tiene ahí menos de dos años. Es todavía una esponja afectiva, una criatura porosa. Una habitación con mucho espacio por amueblar y apenas un par de cosas básicas que la hacen mínimamente habitable. Quizás el pilar maestro de su personalidad ya ha fraguado. Quizás en ese momento exacto. La luz de la tarde empieza a acaramelarse, las sombras se están alargando, al agua del barreño le queda poco para ponerse fría o todo lo contrario. Pero la mano derecha se ve movida: se sigue agitando a pesar de que el suelo está ya todo salpicado. Es claramente un cuadro de alegría. Efímera tal vez, pero inquebrantable. Está ahí desde el principio, en el sumario. Es meollo, marco, potencia. La letra capital de las respuestas por venir ya ha sido escrita. La luz declina, la novedad se pasa, el día se acaba. La alegría perdura: no hay manera de corregirla.

Luego los golpes remotos se van acumulando, uno después de otro de otro de otro, hasta que el corazón se satura. No te rozan la piel, no involucran a tu cuerpo o al de tus íntimos, no son tuyos, estrictamente. Familias atravesadas por una ola de fuego, chanclas de playa mezcladas para siempre con la carne. Islas verdes en un océano de ceniza, animales náufragos. Esa gente tumbada en las costas del Mediterráneo, con una manta por encima en vez de toalla por debajo. Los cuerpos que el mar ni siquiera ha vomitado. Mujeres con miedo, glaciares y bosques que declinan, kamikazes. La cuenta atrás de las riquezas del planeta. El calor nocturno como represalia. Todo está lejos, todo duele. Te conectas a la realidad y te marchitas. Después te duermes y hasta en sueños hueles a quemado.

Y al día siguiente te levantas con agujetas. Porque al fin y al cabo, y que se dén por agradecidos la suerte o el karma, el dolor no forma parte de tu entrenamiento cotidiano. Al acopio de pena se le une una especie de cansancio. Una inquietud de no saber si te está doliendo como debe. Si la tristeza es realmente honesta o una respuesta diplomática de la fábrica donde las ideas se articulan. 

Porque es verdad que no hay remedio. Los dos primeros años son clave, y a pesar del fuego, mi alegría incombustible perdura.

domingo, 25 de junio de 2017

La verdad del corcho


Si les preguntas si les gusta su trabajo, probablemente te miren como un filósofo estoico a un veinteañero americano. No todos son hombres viejos, pero su brega sí que es de otra época. También su modo de entenderla. Piensa en lo que te hubiera respondido tu abuelo, el arriero, el que abría pozos, el hortelano: niña, la faena es la faena. Ellos tenían pocos más recursos que su fuerza muscular y su maña. Bajo el sol totalitario de julio, sobre el suelo helado. Cuando la puerilidad se hizo norma social, ellos ya tenían las manos llenas de callos. El trabajo está para comprarse la vida, no para realizarnos.

Tampoco los corcheros tienen mucho más que eso: una pericia antigua, herramientas sin más motor que el corazón dentro del pecho. Hacha, mulo, escalera: para arrancarle el corcho a los árboles sólo hacen falta máquinas de sangre. Es un diálogo de tú a tú entre el cuerpo vegetal y el del humano, una cita fogosa entre sudor y savia. Pregúntales y te mirarán con ojos tolerantes. Probablemente te respondan que prefieren esto a estar encerrados en un banco.

Con ellos no hablaría de belleza, por supuesto, por respeto a su cansancio. Pero si has sentido alguna vez el paso de los corcheros por el monte, su huella estética no se borra. Del oído, de la vista, de la piel, del olfato. Su presencia se propaga más allá del árbol sobre el que se encaraman. Suenan las hachas desde lejos, el idioma privado de un arriero al que todavía no distingues, pero que ya te está rozando con su mano de otro siglo. Vestida con ropa bien estudiada, oliendo a coche todavía, de pronto se te permite ser testigo de una antigua ceremonia. Luego te acercas: chispas de luz entre la hojarasca, el calor brutal como un bautismo, la desnudez palpitante y salmón de los troncos, el maravilloso olor íntimo de los árboles. Todo eso te impregna y te traspasa. No vas a olvidarte nunca de la verdad que, al menos esta vez, has contemplado. 

La imagen puede contener: árbol, planta, cielo, exterior y naturaleza
Me precio con infinito orgullo de que este fotógrafo sea mi amigo
 

Porque el descorche es la verdad de los alcornocales. Y como toda verdad que se precie, no es exactamente benévola. El hacha es la madre del paisaje, la responsable de su fuerza y sus debilidades. Dicen que si no se le hubiera encontrado un rendimiento económico al corcho, estos bosques serían ya carbón o astillas. Dicen que el hombre señaló al alcornoque con su mejor dedo y convirtió un monte diverso en un monocultivo. Dicen que escamotear a los árboles su capa protectora los vuelve vulnerables como individuos, y que primar una sola especie sobre el resto vulnera las sociedades naturales. Conclusión: el descorche es un sí y es un no, creador y agente de exterminio.

Una verdad como la del oxígeno: lo necesitas para vivir, pero a la larga acaba contigo. Una verdad bella y cruel, igual que la que te mantiene en pie, todavía. Guardo la verdad del corcho en mi corazón, a la espera de que una nueva la sustituya.


martes, 20 de junio de 2017

Luz calcinada

 
Conozco carreteras como esa. Rodé por ellas unas cuantas veces, rectas sin fin ni ambigüedades, como el futuro ante los ojos de un niño. Obviamente siempre llevaban a algún sitio; ensartaban pequeñas ciudades somnolientas, sin humos históricos o industriales, pobladas por una extraña raza de humanos que hablaban sólo lo justo. A veces hacíamos un alto para comprar un pastel asombrosamente rico, mear en alguna parte, asistir a un curso acelerado de luz y silencio. La luz: ese truco del aire imposible de olvidar, inexplicable. No había manera de adivinar la receta, la dosificación exacta de transparencia y densidad. ¿Era el mar sentido como una corazonada, al final de cada aldea? ¿Eran los vientos barriendo las células muertas de la tierra? ¿Era todo aquel silencio? Fuera lo que fuera, no podías comprenderlo: cómo cada color se presentaba en su forma saturada, sin que el resultado fuera estridente; por qué esa claridad como del otro lado del túnel que, sin embargo, no hería ni deslumbraba. Una luz que era puro alimento.

Y que lograba imponerse a la ruina del paisaje. A ambos lados de la carretera te acosaban eucaliptos lúgubres, una pantalla de pinos altos y apretados de aspecto tan mortecino que apenas si resultaban amenazantes. Desde luego la maniobra de encubrimiento no funcionaba. La calamidad ecológica era patente: el corazón te daba un diplomático brinco de susto e inmediatamente se recuperaba. Era la luz, más resistente que el desastre, o era el mismo corazón, que entonces se reventaba a hacer horas extra por las que nunca exigía un pago.

Rodábamos, nos comíamos los kilómetros, meciéndonos en la amistad como en una hamaca colgante, hablando si nos apetecía. Estábamos siempre cerca de algo. O conducía yo sola, cada vez más lejos de un espejismo amoroso que se terminó revelando desierto; distanciándome metro a metro de quien había sido yo hasta entonces, intuyendo que la decepción a veces es un fuego que arrasa para que luego prosperen otras especies. La carretera sin fin era una forma de esperanza. Aquella luz, expresión electromagnética de la serenidad, lograba sobrevivir al desastre.

Ese era mi recuerdo y confié en que sería así para siempre. Lo guardaba como un souvenir precioso. Pero la luz era como un epílogo. Algo puesto al final de un continente y de una larga historia de crímenes. La muerte estaba ya ahí, a un paso de los arcenes, antes de que el fuego los devorase. Árbol tras árbol, el paisaje portugués fue asesinado sin remedio y sustituido por una masa forestal zombi. Estaba ahí latente, esperaba, loca por rematar la calamidad con un final de órdago. Acordarse de Dante es un recurso tan sobado.

¿Y ahora? ¿Qué queda cuando la misma luz se quema? ¿Resistirá en el suelo alguna semilla de cordura? ¿Es posible que alguna especie prospere tras el infierno definitivo? 
 

viernes, 16 de junio de 2017

O.K.


Cuesta. No sabes cuánto cuesta esto. Darle la espalda a un mundo que se desvive por abrazarte. Obviar la playa suave de las siete de la tarde. Resistirse a las sirenas y las serpientes contenidas en los libros. Retar a la gata Nico a ver quién mantiene los ojos abiertos durante más tiempo. Respirar. Ni más ni menos. Aire fresco y húmedo que huele a flores, mar y perro. Con la nariz. Con todos los poros de la piel dispuestos. Lo suspendo todo, y como el sheriff que cumple con su deber y sale de la amable sombra doméstica al desierto, me dirijo a mi particular duelo con las palabras. No me preguntes por qué. Las palabras son poco fiables, desconocen los códigos de honor y a veces disparan por la espalda. Las espero en mi particular O.K. Corral. Cuesta. No sabes cuánto cuesta no hacerlo.

Cada vez me tienta más la idea de dejarlo. Sin derrotismo. Sin asomo de drama. Siento como si ya hubiera escrito todo lo que me tocaba. Al comenzar este periplo leí en algún sitio, y me adherí a ello con cierto fanatismo, que había una fuente de temas sobre los que hablar que nunca jamás podría secarse. Ya no lo tengo tan claro. ¿Y si resultara que cada uno tiene su cuota propia? Una porción limitada del espectro electromagnético que puede absorber y ser reflejada. Yo ya he cantado mi luz particular de mil formas. La alegría a contracorriente y la delicadeza escondida. ¿Puedo seguir emitiendo mi color verde sin cansar?

Y como si le hiciera esas preguntas a un oráculo secreto, y el oráculo usara los libros para contestarme, en el que estoy leyendo (absorbente, tejido sobre la trama de una inusual bondad) encuentro esto: "Contempla la oportunidad, lo instaba el Eclesiastés. No ignores nada, sea grande o pequeño." He ahí la orden que me obliga a escaparme de los abrazos. Por eso salgo a la intemperie de las cosas que quieren ser dichas. La escritura es cazamariposas, laca fijadora, lupa. Tengo esta oportunidad, este ramillete de ahoras. Tengo delante un rebaño de cosas grandes y pequeñas que pastorear. Si no lo hiciera se me perderían por ahí, se las comerían los lobos - la poca atención, el olvido -, se harían al monte y se volverían tímidas.

Lo grande y lo pequeño. Cuando atiendes, las clasificaciones por tamaño se vuelven triviales. El aire está saturado de mar en este rincón de Andalucía y mi cuerpo lo nota. Cuando hago deporte mi sudor cae al suelo sin pausa, como si me hubiera dejado un grifo abierto. ¿Mi sudor es grande o pequeño? Este diálogo mudo con la atmósfera. ¿Y una luciérnaga? Anoche vi la primera de mi vida, disimulada coqueta e inútilmente en un montón de residuos vegetales que mi padre acumula bajo un pino. Su abdomen ardía con una luz de aurora boreal, ninfa o duende, deseo físico. La saqué de entre la broza con la cucharilla del yogur que estaba comiendo y observé su extravagancia. ¿Grande o pequeña? ¿Y mi asombro?


Unas se maquillan. Otras se ponen las estrellas en sus partes.


Ahora sí, pregúntame por qué. Le doy la espalda a lo que para mí es más fácil para encapsular en tres palabras torpes esa luz que parece de otro mundo y que, bendita sea, es de aquí. Voy siempre en pos de lo tímido. Sigo escribiendo para no ignorar.
 

lunes, 12 de junio de 2017

Contra el parásito


Se propaga como llamas por el pasto crujiente, como una enfermedad infecciosa. Te roza apenas y permanece en ti latente, hasta que ya no hay tiempo para remedios. Te socava, tan sigiloso, abriendo galerías en tu ímpetu. Te seca, te vacía, te vuelve opaco. ¿Has visto los corales muertos, los tristes esqueletos blanqueados? El desaliento es tu particular cambio climático.

Es también un correveidile, que siembra cizaña por donde pasa. Se burla de tu antiguo brío. Te vuelve contra lo mejor de ti mismo. Ridiculiza tus ilusiones de antes. Te indispone contra la esperanza. Pecados de juventud, las llama. Emociones que hay que tratar con herbicida, para que el corazón no se desgaste. Te hace entender que llegada cierta edad, seguir creyendo es tan bochornoso como un rostro congelado con bótox.

Madura, te exhorta. Ya no eres un muchacho como para estar derrochando energía. Por mucho que te empeñes no vas a corregir el curso del mundo. La gente no cambia. La naturaleza no tiene arreglo. El poder todo lo devora. ¿No ves ese cristal contra el que te estampas una y otra vez, pajarillo? Quédate como estás: en esta habitación aún queda oxígeno. Vuélvete hacia tus cosas. No des más de lo que se te exige. Limítate a cumplir con el mínimo. Levantarse cada día y poner buena cara ya es bastante. Acostarte sin heridas ni preguntas. No intentes arreglar los aparatos defectuosos por tu cuenta. Ya sabes lo que pasa: siempre hay piezas que sobran.

El desaliento te dirá que sólo intenta protegerte. Sabe usar el arma de la comodidad como gancho. Te susurrará que la vida es una suma de inercias fijas. No puedes parar un río con la mano. No puedes esforzarte sin descanso. Te advertirá que no intentes forzar alianzas. Lógico: la pasión ajena se contagia; apatía y estímulos son enemigos. Te convencerá de que la causa común es un mito. Los recursos del planeta son limitados, y el bienestar que deseas para ti mismo no puede ser compartido y permanecer a la vez intacto. Rescatará de lo profundo, lo codicioso, el anhelo de ser hijo único.

Ahí está el parásito, insaciable en mi entorno. Aquí estoy yo, resistiendo todavía. Debo de ser como una de esas prostitutas de Gambia inmunes al SIDA. Créeme, no me estoy pavoneando. No me jacto de fuerza, sino todo lo contrario. Siempre he tenido huecos en mí como para que el curso del mundo me atraviese sin causar demasiada avería. Más que belicosa, soy adaptable. Te admiro por cada vez que le plantasta cara a un sistema que engorda con la inoperancia. En cierto modo soy la custodia de tu parte luchadora, ahora que el desaliento la embiste. Pero escucha, no voy a permitir que esa chispa prenda en mi pasto. No creo que puedas infectarme. A lo mejor es una cuestión metabólica: a unos les sienta mejor el pan que la carne. Otros son capaces de compaginar claridad y risa. Mi fe no mueve montañas pero al menos a mí me sostiene. Mi fe en que, le pese a quien le pese, debo dar lo mejor de mí misma para superar el mínimo exigible. 
 

jueves, 8 de junio de 2017

Reprogramando

 
Juguemos a una cosa. Contempla esta imagen. No, no sigas leyendo para ver de qué va esto. Tú contempla, y antes de volver a mí, verbaliza con tu garganta o en tu mente la primera palabra que te venga a la cabeza. La primera. ¿Puedes detectarla, disimulada entre la hojarasca de las respuestas consideradas? ¿Eres todavía capaz de reaccionar de manera animal, automática? ¿De percibir el reflejo previo a lo que de ti se espera? ¿Crees que la palabra correcta es, mmm, belleza? ¿Comunión, quizás? ¿Origen? ¿De verdad? ¿Crees en serio que hay una respuesta correcta?

Pues no la hay. El afán de corrección forma parte de un programa. Básico para la convivencia social, por cierto. Pero aquí estamos tú y yo solos. De cerebro a cerebro. O ni siquiera. En el momento en que me leas yo ya estaré lejos. Haciendo sentadillas, bailando, sudando en el sofá. Tu cerebro y mi eco, entonces. Cómo va a hacernos daño un poco de espontaneidad. Diarrea. Eso es lo primero que he pensado. Diarrea. Y tras un lapsus de elaboración de mí misma, intimidad. ¿Te das cuenta? La respuesta inmediata casi siempre es tosca. Pero ahí está, loca por decir sus verdades. En mi caso, que percibo el virus antes que la pureza. Antes que lo estético, el daño. Antes que el crepúsculo veo el prejuicio. 

Un hombre bebiendo, posiblemente desnudo, posiblemente negro. Un río y un día moribundo. La orilla se desdibuja: el contexto humano. Por un momento no hay pasado, no hay futuro, no hay lastres ni raíces. Tan sólo formas básicas: sol, agua, silueta. ¿Acaso no has vivido tú un momento parecido? En la playa, cuando no es de ni de día ni de noche. El tiempo de pronto no te atañe, ni tu lugar en el mundo, tu nombre o tu historia. Eres parte de eso, eres ni más ni menos que eso: luz que no hiere y agua. Estás entregado a lo primordial. Eres pura materia prima y, si quisieras, podrías ser cualquier cosa. Pero ese momento es lo contrario del deseo. No necesitas más de lo que tienes. Belleza. Comunión con el origen. Un pedazo en bruto de intimidad.

Escribo y así mi primera respuesta se ahoga. Escribo para ser quien quiero y no lo que he aprendido. Vi un río en la palma de una mano negra, y dije contaminación, porque estoy programada para que el edén me resulte inconcebible. Antes que en la comunión se me educó en el miedo. En la prevención del peligro antes que en la entrega. Escribo para rehacerme, para fabricar, aunque parezca paradójico, una nueva espontaneidad, más limpia, más libre de prejuicios. Elaboro para ser cada vez más simple. Para ver agua donde sólo hay agua. Para convertir en instinto la intimidad

sábado, 3 de junio de 2017

El futuro al acecho (22)


Hay un hombre por venir al que la guerra sí ha cambiado. He ahí dos lugares comunes, saboteando lo que podría haber sido una buena frase.

El aire del museo de Auckland es un corsé que le aprieta a Betty en las costillas. Rodeada de pliegos botánicos y fósiles, aguarda un futuro que remolonea y que, oh, lugar común, imagina en forma masculina. No anda desencaminada, porque al fin y al cabo Betty no es todavía el personaje excepcional que esta historia también espera. No es ese modelo de mujer fundadora, una de esas especies que rehúye empecinadamente la sombra. Betty, que ha leído a Shakespeare, se aplica con ironía un pasaje de Enrique IV: “Obra en nuestro poder la semilla del helecho, y somos invisibles al caminar”. Ella podría explicarle a cualquiera el contexto folclórico de estos versos. Sí, quizás los saque a relucir en la próxima visita. De esa forma los niños no olvidarán que los helechos no tienen flores porque surgieron mucho antes de que la naturaleza se inventara esa despampanante trampa erótica. Les contará que se reproducen de un modo tan sigiloso que, en los tiempos en que la ciencia aún no había suplantado a la leyenda, se creía que sus semillas invisibles otorgaban el don de la invisibilidad. Después dirá que los helechos no tienen semillas sino otra cosa y, mientras lo diga, sentirá en la boca un sabor amargo, como de masticar helechos, recordando al profesor Holloway. Él la inició en esos secretos. Betty siempre estuvo medio escondida, pero dejar de verle, en su clase, en su iglesia, fue como tragarse esporas. Ahora se pregunta si llegará algún otro que sepa verla.

Llegará; pronto, Betty, te verá y marcará tu rumbo igual que Holloway, y con esos dos rumbos ajenos, los helechos, la compañía, construirás tu historia única. Pero el futuro es todavía una perturbación leve que se va gestando en otros lugares del planeta.

En Montecassino, por ejemplo. O yendo hacia atrás, y permitiendo que el futuro se aparee con el pasado, en Quetta. Démosle nombre y forma al futuro. Se llama Geoffrey Allen y el cuerpo que en la juventud fue atlético empieza ya a forzar las costuras. Geoffrey come y bebe, viaja y se infla de mundo. La guerra ha hecho de él un hombre distinto. Un lugar común, cierto, pero que funciona a la hora de apuntalar biografías. Geoffrey Allen, oficial de la RAF, se enamoró en plena batalla de Montecassino del resto de las criaturas del aire. Él ya conocía de antes el paisaje de la destrucción. No en vano en 1935 había sobrevolado y fotografiado las ruinas de la ciudad pakistaní de Quetta, arrasada por un seísmo. Todas las ruinas se parecen. En Italia, diez años después, los bombarderos rugían, estallaban obuses, los hombres cantaban a gritos intentando en vano espantar la muerte. Pero tras una explosión que lo dejó momentáneamento sordo, lo primero que escuchó Geoffrey fue un ruiseñor. Solamente eso. Todos construimos leyendas más o menos fundadas a la hora de contar nuestra vida, y esa de Geoffrey tal vez suene demasiado sentimental para resultar creíble. Pero tras la guerra, los pájaros se introdujeron para siempre en su relato y ya nunca más salieron de su vida.

Geoffrey bajará para siempre del avión e intentará volver a captar con su cámara de fotos aquel momento decisivo, el trino ajeno al brutal ruido humano, la continuidad y el clamor de la naturaleza. Grande, gordo, juerguista, de carcajada fuerte y pasos pesados, sabrá ser lo bastante sigiloso como para escrutar a los pájaros. Y sabrá entonces, cómo no, ver a Betty.


De la época en que sobrevolaba Quetta, calculo.