domingo, 18 de febrero de 2018

Del mar y también del aire


Me he acordado de La Línea, y no por el narcotráfico. Me vienen de pronto imágenes de cuando viví allí de niña. El Peñón en cada toma, como el dios de una religión despótica. Alquitrán en los pies. Encaramarme a un cañón de adorno que disparó, seguro, bombas reales. Monos. Latas de carne con bí. Pinares. Y ahora descubro que, a pesar de tener la edad correcta, entonces nunca me fijé en que, en aquel lugar positivamente feo y raro, había animales fabulosos colgados en el aire.

Resulta que, cuando estoy agotada de mi vida como ser humano – de elucubrar, anticipar, desear, planear, adivinar intenciones ajenas, alarmarme, impacientarme, deplorar, hablar por no estar callada, – busco estampas naturales a las que encomendarme. A veces, pocas, es un bosque; a veces es un árbol del parque. Cuando no estoy tan alejada del núcleo de las cosas basta con oler las naranjas del huerto. Cuando necesito terapia intensiva y de choque, busco fotos para que la ola desmesurada de la vida en este planeta me ice y me arrastre.


Fliying fish in motion
Es de Michael O´Neill, vía National Geographic, y seguro que no les sentará mal porque está compartida con toda la admiración y el asombro del mundo. 


Hace un par de días encontré esta. Y me arrojó sin más preámbulo al territorio de la fábula. Pez con alas. Criatura híbrida. Pertenecer al agua y un poco también, como quien va seriamente de aventura o de fiesta, al aire. ¿Quedarán entonces espacios inexplorados en en los que terminaremos descubriendo la presencia de sirenas y unicornios? Quizás en las incomprensibles fosas marinas, o en selvas microscópicas. ¿Hay algo que la evolución no haya soñado y ensayado antes que el hombre? De pronto me parece consolador pensar la imaginación como una especie de memoria. Un pescar en la piscina inmensa de la herencia genética. Todo lo que ha sido o podría ser en la naturaleza está quizás herméticamente codificado en el desván de mis células. No somos tan especiales. No estamos tan solos, como individuos y como especie.

Y tras bucear un instante en la memoria del ADN, me salpicó mi propia memoria. Yo conocía de sobra a este pez rematadamente exótico, a esta quimera. Vi otros como él colgando como sábanas en algunas fachadas de La Línea. Volaores*: he olido su olor a mar espeso y rancio. Los he tenido en la boca, me han pinchado la lengua, me la han arrugado. Collares de peces secándose en el matraz del poniente: esa, y no las que inventarié al principio, es la imagen icónica de mis seis o siete años. Acordarme de mis volaores justo después de entender la naturaleza como un pozo de fábulas me informa de que, sin darnos cuenta, vivimos nuestras vidas en la frontera de lo real y lo mítico.

Así es también La Línea. No solo esa frontera sui géneris con una colonia que se disfraza de chascarrillo para hacer negocios a lo loco. La Línea, el Campo de Gibraltar entero, es un puro borde entre lo novelesco y lo cotidiano. Entre el orden impostado de las aduanas y el código penal graciosa o ferozmente desdeñado. Entre lo muy, muy simple en los ojos de las vacas, y lo intrincado de refinería y centrales térmicas. Entre un presente de submarinos nucleares, paro y brexit y hábitos que, como el de poner a secar volaores, datan de fenicios y romanos. Entre la Roca omnipresente y la vida humana azarosa, las carreras y lo inmutable. Entre los peces y el contrabando.

Y así es también la vida de cada uno cuando, en vez de vivir de espaldas, la afrontas. Cuando recuerdas fragmentos de tu infancia que el tiempo bruñe, suaviza y cambia de tono pero no maltrata. Cuando percibes que formas parte de una red evolutiva que te ata a seres extraordinarios.



* Si os apetece oler a sal y cosa vieja, mirad las imágenes de este fotógrafo. Gracias, Marcos Moreno, por ponerle cuerpo a mis recuerdos.

martes, 13 de febrero de 2018

Las raras veces en que despertarse y despertar se parecen


El desvelo, ¿lo he dicho alguna vez?, pone a cada cual en su sitio.

Me pregunto cómo he podido tardar tanto tiempo en crear una etiqueta dedicada al insomnio. En sentido estricto no puede decirse que me suponga un trastorno. Pero unas cuantas veces al mes me despierto a horas hoscas, en medio de un charco de vigilia a medio digerir que he vomitado. Y es como si andando, andando por una hermosa ciudad europea, de repente fuese a parar a un barrio que no distinguiera los matices que hay entre supervivencia y vida. Me pasó la primera vez que fui a Lisboa. Iba yo, íbamos, andando, andando, arrullados por fachadas y modales no gesticulantes, y de pronto a las miradas les fueron creciendo colmillos. Cuando en medio de la noche te quedas a solas con tu propia mente tienes las mismas ganas de llegar a casa y caer en una inconsciencia amable.

Lo que pasa a esas horas en mi cabeza no es precisamente feroz. Tan solo irritante. Es un olor de día que se ha puesto rancio. Ducharte y tener que ponerte las mismas bragas sucias. Desfilan en bucle por mi mente todas las posibilidades de trabajar mi culo en el gimnasio. El mismo párrafo vacuo de un informe se escribe y se sobrescribe en cientos de variaciones infinitesimales. Las emociones se vuelven ásperas como un resto de té que se queda frío. Las expectativas mantenidas a raya durante la vigilia se desbandan y, especies invasoras, alteran el ecosistema íntimo. Hay nombres que se repiten como si en vez de un atasco en los circuitos cerebrales fueran el evangelio. Hay canciones de verano. Hay una gotera incesante que me repiquetea en el cráneo y me dice que si no escribo ni vivo una vida ortodoxamente creativa voy a marchitarme. Hay la consecuente retahíla de cuidados paliativos. Un al carajo, seguido de arrepentimiento, seguido de una persecución maníaca de gracias y extrañezas que todavía deseen ser escritas, seguida de un segundo, monumental al carajo. Alcarajoalcarajoalcarajo.

Pero entre ese revoltijo de mierda a veces se encuentran cosas útiles. Un banquito abollado al que encaramarse. Una lente de telescopio rayada. Unos zancos. Te subes a ellos y miras el panorama pringoso. Y entonces, por un instante, intuyes que tú no tienes tanto que ver con la montaña de residuos. No son ni más ni menos que productos de excreción cerebrales. Tú no eres exactamente el discurso lineal o disparatado de tu mente. La vida rica y misteriosa que te anima no se reduce al twitter simplificador de tu conciencia.

El desvelo se convierte así en una mirilla por la que espiar la forma en la que opera la mente. Ese aluvión de representaciones tergiversadas, sentimientos contradictorios, ideas vagas, no ocurre sólo durante el insomio. De día la consciencia no es mucho más cabal o brillante. Como mucho se camufla con lo que se hace. Y lo que se hace y lo que se piensa casi nunca coinciden. La mente es una ocurrencia sensacional que se le ha ido al cerebro de las manos.

Vislumbrar eso te pone en tu sitio. Lo que percibes, piensas o sientes no tiene por qué ser a priori exacto. Tus prejuicios, tus opiniones, tus explicaciones, los esquemas que te haces del mundo. No hay una correspondencia cerrada y estrecha entre la realidad y cómo la experimentas. Eso es una lección de humildad. Y se agradece. No hay como aprender a ser humilde para quitarle hierro a la vida que se desvela y evitar conflictos.

domingo, 4 de febrero de 2018

Otra forma de ser infieles


Se interpone entre nosotros, aparentemente inofensivo, ominoso. Tragándose como un agujero negro las palabras. Hay objetos y situaciones que son el negativo de los altavoces. Atraen hacia sí los argumentos y en vez de amplificarlos para darlos al mundo, los amordazan. Secuestran la comunicación y una, muerta de cansancio, ya no puede ofrecer más rescate. Se claudica entonces; admites que eso está ahí, lo quieras o no, le haces un hueco en casa. Y cuando vuelve a salir de él, del sitio donde lo habías ocultado, procuras ignorar su presencia, no hacerle el menor caso. Las palabras inservibles bullen adentro, como una perdiz triste encerrada en una jaula. La paz de espíritu es un mito cuando eso flota en superficie.

Para algunas parejas es un escarceo, cualquier modalidad de caza furtiva. Para otras, una suegra que restriega por las paredes su mierda. Un acuerdo imposible sobre tener o no tener hijos. Una asimetría en el cariño. Un desequilibrio flagrante de fuerzas. Nosotros, bendita fortuna, no tenemos tales lastres. Un frasco de zanahoria: eso es lo que se atraviesa en nuestro acuerdo.

No hay en él nada que no me ofenda. Virutas impostoras que se hacen pasar por, pero que carecen del sabor y del crujido de las zanahorias. El grosero azúcar añadido. La demencial cantidad de energía que ha sido necesaria para que esté en mi cocina ahora mismo. Para cosechar la materia prima dios sabe dónde. Transportarla a sabe dios qué fábrica. Pelarla. Rallarla. Cocerla. Envasarla. Volver a transportarla. No me atrevo a estimar cuántas veces multiplica ese gasto de petróleo a las pocas calorías de las que alardea la etiqueta. Para hacerme una ensalada con zanahorias reales sólo tengo que asaltar el huerto de mi padre o conformarme con la frutería. Y después usar manos y dientes como cualquier herbívoro.

Y la tapa del envase. Este asunto me tiene muy trastornada últimamente. Abro un frasco de cristal, lo vacío, arrojo el vidrio adonde toca, no sé qué hacer con la tapa. Me quedo varada en mitad de su historia. ¿Es una cosa metálica, realmente? ¿De qué mina la han extraído entonces? ¿Qué residuos ha generado? ¿Qué es la película blanca que la reviste por dentro? ¿A qué cubo la tiro, demonios? Tirarla a uno u otro, ¿importa? ¿Es acaso posible reciclarla? ¿No será más bien un gesto para aplacar la culpa? ¿Crecen en los vertederos arrecifes de tapas? ¿Cuánto tiempo ha tardado en desaparecer de mi cocina el contenido del envase? ¿Cuánto tiempo tardará el envase mismo?

Son preguntas tan de parvulitos de conciencia ecológica que me enerva que se disipen en el aire cargado de buenas intenciones y actos negligentes. Es una especie de castigo de Sísifo. Siempre procuro recolectar o escoger lo que considero menos lesivo. Siempre encuentro en el mismo carro de la compra los mismos frascos, la misma montaña de conservas y envases. Es más, siempre termino empujando un jodido carrito de supermercado. Siempre claudico ante lo fácil. No soy lo bastante autosuficiente. No voy de la frutería a la pescadería a la tienda que sea que venda a granel, en peregrinaje. No sigo sermoneando a mi novio ad infinitum.


Transijo. Que a veces es una forma de pecado. Luego me toca arrepentirme. Miro a mi alrededor. Todo lo que poseo y lo que me posee. Lo que digiero y lo que expulso. Mi carne y mi aliento. Mi tiempo de recreo. Lo que me viste. Donde me cobijo: ¿hay algo en mi existencia que no ofenda absolutamente a nadie, en ninguna parte del mundo? 

lunes, 29 de enero de 2018

La nana de los patos


Vistas de cerca y nadando, las aves acuáticas me parecen criaturas ficticias. Medio cuerpo en el aire rudo que filtra y merma los sonidos; la otra mitad abrazada por el agua. Casi inverosímil que ambas partes casen. Y se mueven sin embargo así, de ese modo tan fácil, lo orgánico apenas distinguible de lo inorgánico, la carne refutando que haya una distinción entre sólido y líquido. Por un instante deseo que el agua deje de ser tan púdica, que se vuelva transparente y deje en cueros a la sociedad que alberga, como si los crustáceos diminutos, los bosques de Ceratophyllum, las plumas sueltas y alguna que otra serpiente, todo lo que ondula o nada, se dibujara de repente en un folio blanco. Quizás así costara un poco menos entenderlo, cómo músculo, membrana y hueso vencen la necesaria resistencia del agua, cómo se alcanza esa identidad con el propio medio, esa falta aparente de cortes, suspensos, desaveniencias. Quizás descubriera que, después de todo, también el movimiento subacuático requiere una dosis de esfuerzo.

Pero ver nadar a los patos sosiega tanto que la mirada depone el bisturí y suspende su talante invasivo. El afán de comprender cede su lugar al deleite. Sigues al ánade real, al zampullín, a algo que también sabe ser pendenciero y gritón como una focha, y te maravilla que, si hay ritmo en el sonido de pasos, estos animales desmañados en tierra vayan creando melodías al desplazarse. Cuando están ahí, tan cerca que el prismático o el catalejo casi estorban, descubres una forma secreta de música. Ojo y oído se aparean: las criaturas del agua te acunan con su nana muda.

Y luego, sin apenas darte cuenta, las canciones se mezclan, el tráfico en la charca aumenta. Los caminos se entrecruzan, la pareja a la que estabas siguiendo se vuelve colectivo de pronto. La música, sin embargo, sólo se hace más compleja. No hay cacofonía cuando el grupo de patos cuchara se trenza con el de porrones. Tal vez porque la tarde declina y los animales, como yo, son sensibles a la luz mansa: las especies, ahora mismo, comparten el espacio y se toleran. Fuera del agua también. Algunos cormoranes toman restos de sol en la isleta, acurrucados junto a otros patos. Algunos abren sus alas y las ponen a secar como sábanas en un balcón de extrarradio. Mis ojos humanos quieren ver placidez: un aire viejo de paseo y plaza.

Lamentablemente, la prisa es antónima del encanto. Aunque a algunos les pueda dar envidia, estos arrullos, esta comunión, ocurre en horas de trabajo. Apenas puedo dedicar quince minutos a cada punto de observación, a cada lámina de agua. Le doy un último repaso a las orillas, me despido una vez más en lo mejor del idilio. He hecho lo que tenía que hacer y lo que mi corazón demanda. De la película de la charca sólo recordaré este fotograma. Esto es una píldora de amor novelero, más que naturalismo. Si no se me racionara el tiempo, seguro que vería además trampas, competitividad, rencillas. El forzoso, indispensable conflicto.

Pero como esta vez no me he topado con la ferocidad legítima de la naturaleza, antes de marcharme le mando un mensaje a un amigo que adora a las rapaces, pero que apenas conoce más aire que el que hay entre su casa y su lugar de trabajo. Deja de admirar el cielo un instante, le digo entre líneas, y baja al agua. Trae a tu hija. Venid a ser acunados. Necesitamos todos empaparnos de esta lección de facilidad, de tolerancia. Necesitamos que los niños oigan cómo nadan, mezclados entre sí, los simples, los vulgares patos.


No soy yo, no era el sitio. Puede valer.


domingo, 21 de enero de 2018

Cuando no eres capaz de poner un libro leído en la estantería porque se ha convertido en ti misma.


Buena parte de lo que he vivido lo he buscado o lo he encontrado en los libros antes mismo de vivirlo. Mi oráculo, mi bastón, mis fetiches. Me he enamorado antes de personas inventadas que de reales. He sentido dolores de decadencia y muerte antes de que la muerte me resultara mínimamente inteligible. He creído que leyendo aprendía a querer y a dejar de querer, y más tarde he aprendido que uno siempre llega y se va del mundo como si fuera la primera criatura viva en la Tierra. El equipaje de sabiduría adquirida sirve de poco cuando aterrizas a los momentos de darte por completo o de disolverte. Ningún libro te enseña seriamente que, en las cuentas de la existencia, el decimal que te corresponde es insignificante. Ninguno te entrena para la conciencia de que la experiencia ajena es inaprensible. A la soledad sólo te acostumbras estando solo.

Pero yo chupo de los libros como un bebé de su chupete, en busca más de alivio que de verdadero sustento. Siempre persigo aquel que en cada coyuntura, en cada empresa, digiera por mí, previamente, un bocado crudo y correoso de vida. Cuando no sabía explicarme por qué me acostaba cada noche con la sensación de que me había saltado la salida correcta en una autopista, busqué un libro. He llenado mi nostalgia de lugares con palabras a toneladas. Me he lanzado a piscinas de papel queriendo escribir mejor, respirar mejor, alimentarme decentemente, ser un poco más consciente, moverme con respeto a las ocurrencias de la evolución.

Y desde que la naturaleza empezó a parasitarme he buscado sin descanso un manual de instrucciones perfecto. Una brújula y, necia de mí, un resumen. Con eso no me voy a topar, porque cada letra que la naturaleza escribe engancha automáticamente con el lenguaje completo: no puedes pescar un pez sin llevarte todo el mar a casa; no es posible apenas entender esta brizna de hierba sin acabar mirando a las estrellas tarde o temprano. Pero a pesar de ese reconocimiento de que el espectro de lo vivo y lo muerto es inabarcable, yo he ido en pos y he encontrado una llave.

Alguien lo suficientemente amable como para leer esto que escribo, me recomendó En un metro de bosque, de David George Haskell. Lo busqué, y comprobé que su edición estaba agotada; me resigné a soñar a partir del título y a escribir mi propia versión, mentalmente. En el penúltimo mes del año recién pasado, como si el amor a veces tuviera recompensa, la editorial (Turner) tuvo a maravillosamente bien reimprimirlo. El puro canto al ciclo que es esta obra brotó, se marchitó, fue descompuesto por mentes que no eran la mía, provocó crecimientos... y de nuevo brotó. Yo lo he estado mordisqueando poquito a poco, y ahora su savia se mezcla con la mía. Apúntamelo en la cuenta, Alguien.


Dentro hay huellas de dedos manchados con tierra, un hoja de ginkgo y muchos picos doblados.

Si no te interesan lo más mínimo los gusanos parásitos, los saltamontes, mitocondrias, micelios, los inextricables flujos de energía y nutrientes, la profusa textura del mundo, ni te acerques. Hay mucha ciencia y mucho inventario prolijo, pero ante todo hay silencio. Hay la humilde conciencia de que lo que se dice es noble, pero lo que no se puede decir, porque no hay palabras o siquiera experiencia de ello, es aún más hermoso. Hay violencia y hay quietud. Hay un dedo que dice mira eso de ahí, qué preciso, qué ajeno, qué acabado y distinto. Y eso, y eso, y aquello. Pero precediendo al dedo y comprendiéndolo hay una mirada que, sin palabras, simplemente invita.


Mira. Deja en suspenso tus plantillas mentales. Olvida el árbol-concepto y acércate al árbol. Míralo mucho más. Mira hasta que te confundas con lo mirado, hasta que comprendas con todo tu ser, y no porque lo has leído en este libro, que el aislamiento es imposible y que tu materia y tu energía están imbricadas en la matriz del mundo. Mira. Sigue mirando. Sin expectativa, sin todo el peso, ahora mismo, de tu cultura y tu aprendizaje. Bórrate y a la vez inclúyete; comprende que tú también eres naturaleza, un producto tallado por las mismas fuerzas de supervivencia y hambre que han dado forma a tu objeto de estudio. Devúelvete adonde pertececes. Intenta escoger un camino que no deje una estela de belleza aplastada. Llega por ti mismo a la tesis de que, ante el espectáculo de la vida, en cualquiera de sus formas, en el bosque, en la paloma de ciudad, en tu codicia humana, bajo tus uñas, la única reacción adecuada es el asombro.


domingo, 14 de enero de 2018

A mano desnuda


No juzgar a la ligera. No juzgarme. Soy bastante amable conmigo misma, pero me obligo a cumplir estos mantras. Muchas veces se me olvidan. Y entonces me sorprendo, por ejemplo, catalogando de banal el tiempo medio exagerado que dedico a pensar en cómo utilizar más y mejor mi cuerpo.

Supongo que crecí en una época en la que el intelecto tenía todavía una reputación incuestionable. Desprovistos de otras memorias e inteligencias de bolsillo que no fueran los libros, perduraba aún la confianza en el sobrestimado adjetivo sapiens. La educación era una explotación intensiva cuyo objetivo era cebar la mente de los niños. Había que poner la mayor cantidad de kilos de conocimiento de calidad dudosa en el menor tiempo posible. Brazos y piernas languidecían enjaulados en la clase. La nota de gimnasia a veces ni siquiera puntuaba. Nos convertíamos poco a poco en un tipo de ganado que, como las gallinas de las granjas industriales, no tenía oportunidades serias de sobrevivir por sus medios al aire libre. La asignatura era sacrificada tras el examen. Supongo también que, templada la fe en el raciocinio, el asunto educativo no ha cambiado mucho.

Por eso a veces me avergüenzo y me insto a dedicarme a menesteres menos físicos. Como si me pillara a mí misma masturbándome. Déjate de saltos y pesas y dedica el alimento ingerido a tareas mentales de provecho. Reflexiona. Cavila. Discurre. Cultiva tu inteligencia verbal y lógica. Hipertrofia tu pensamiento. Entrena tus poderes intrínseca y exclusivamente humanos.

Y entonces es cuando repaso mis callos. Últimamente me rozo las durezas insólitas en mis manos como si fueran las cuentas de un rosario. Trocitos de cuero minúsculos al pie del envés de tres dedos. Con ellos rezo, medito. Y como en cualquier operación similar - rosario, om, baile de derviches - termino liberándome de mi vanidad de individuo pensante. Me miro las trabajadas manos de cerca y recupero el asombro. Cuántos millones de años necesarios para que la evolución tallara estructuras como estas. Cuántos ensayos, cuántas ramitas que terminaron siendo soltadas por cuántas garras, sin beneficio. La palma ancha, los dedos conectados minuciosamente al cerebro a través de una red intrincada de nervios, el virtuoso pulgar abatible. Ponte las manos delante de los ojos. Obsérvalas un buen rato. Sociables. Asesinas. Artífices. Si las manos no fueran lo que son, tal vez la mente no se hubiera terminado desarrollando. Son, sin duda, el cimiento de lo humano. Hay una voz dentro de mí que, incansable, cacarea yo, yo, yo. Mis manos, con su verdad de músculo, hueso y nervio, expresan mucho mejor mis poderes.

Y me recuerdan hoy otra vez la estupidez, la impostura de identificarme sólo con lo que pasa en mi mente. Yo es un resumen muy burdo de un cúmulo de impulsos eléctricos que se transmiten a través de una determinada forma de materia. Mis manos son yo. Mis glúteos y mis glóbulos blancos. La información sensorial prodigiosamente almacenada en mi memoria. Los conocimientos transmitidos por la tribu. Mi pensamientos igual que mis saltos.

Cierro los puños, voy leyendo con la yema del pulgar estos callos que me han salido y que mi educación tilda de feos. Estoy aprendiendo a que me hagan sentir orgullosa. Son un relato de vida y uso, una alusión directa. He descubierto que, quizás por exceso de mente, tengo poca fuerza en las manos. No tengo mucho agarre y toda la potencia que pudiera tener mi cuerpo se escapa por ese sumidero. Siempre se me han caído mucho las cosas. Es probable que lo que uno es se codifique perfectamente en lo que puede o no hacer con las manos. Cuando mis durezas apuntaron como yemas empecé a usar guantes en el gimnasio. Estos últimos días entreno a piel desnuda. No quiero olvidarme más de que yo también es esta nueva, creciente fuerza.

domingo, 7 de enero de 2018

Proyecto VMA

Recelo de los proyectos. Tal vez porque siempre he tenido intereses más bien desenfocados y dispares. Pienso en mi mente y la imagino como cualquier tipo de ecosistema acuático: amoldable, imprecisa; un torbellino de voces, un pequeño charco en el que puede reflejarse el paisaje. Y me resulta también un poco embarazosa esa receta que, en aras de la salud emocional, prescribe el diseño de un propósito concreto y de una estrategia sólida para implantarlo. No porque carezca de motivaciones o de la voluntad necesaria para vivir de acuerdo a ellas. Llevo más de tres años poniéndome fuerte y más de seis publicando con más o menos puntualidad estas viñetas. Pero realmente no tengo un tronco robusto y mi atención se columpia como las algas.

Pero como me excita rebatirme, últimamente se me están ocurriendo proyectos. No debería llamarlos así, siquiera. No se trata de hacer algo, una carrera de obstáculos, por ejemplo, un huerto propio o un libro, sino de convertirme. No es planear nuevas tácticas de vida, sino hacer germinar, de una vez por todas, ciertas identidades. Yo misma deseo ser brazo ejecutor y resultado.

Y lo que quiero ser es una vieja descarada, un mono arborícola, el propio árbol.

Dejadme que os lo explique.

Lo de la vieja. Admiro a ese puñado de mujeres mayores a las que las pautas sociales les importan un carajo. Las que han agotado su cuota de disimulo y visten como quieren, dicen lo que sienten y mandan a la basura la opinión ajena. Mujeres que se han liberado por fin de la servidumbre a su propio atractivo. Se asoman al acantilado de la vida y se dan cuenta de que siempre estuvieron ahí, a un paso de caer al fondo. Siempre poco más que consigo mismas. Y se les ha pasado ya el miedo de estar solas, a la intemperie. Miran el reloj y se dan prisa. He coincidido con unas cuantas. Bailan sin garbo en el gimnasio, pero en su despreocupación surge una veta de gracia. No piden mucho más que poder seguir confiando en sus huesos y sus órganos. Están al otro lado de la vergüenza. Te contemplan sin timidez como si fueras un cachorrito. O una especie de regalo demasiado bien envuelto como para disfrutarlo. Yo quiero ir desnuda como ellas. Libre de evasivas y blindajes. Uno de mis proyectos es alcanzar, antes de tiempo, su franqueza.

Lo del mono. Yo no cuento mis sueños porque en el fondo soy un ser elegante, pero hace unas cuantas noches soñé que avanzaba a través de un bosque colgando de rama en rama. Pendía de un brazo, del otro, me ponía del revés como los murciélagos, me impulsaba hacia el árbol siguiente, caía al suelo y rodaba; hacía cabriolas, trepaba de nuevo, encontraba el equilibrio instintivamente. Desperté con una sensación de plenitud inolvidable. Desde entonces, cada vez que recupero esas imágenes, me chuto una dosis de contento. Tan ligero, tan grato que, medio borracha, se me ha ocurrido el proyecto quizás ambicioso de desandar siete millones de años de evolución Homo. O al menos de expandir el rango de movilidad de mi cuerpo. Quiero devolverme una parte, aunque sea humilde, de la soberanía física de los animales.

Lo del árbol. Esto no es nuevo en absoluto. Y es mi proyecto más difícil. Más que la recuperación de la espontaneidad y que el entrenamiento físico. Ser autónoma y generosa de esa forma, ¿te imaginas? Tener lo fundamental al alcance de raíz y hoja. Alimentarme por mí misma. Tener una responsabilidad radical sobre mis emociones. Generar aire respirable. Amortiguar la violencia del sol o la lluvia. Dar sombra incluso al que viene con el hacha. Ser una forma de vida compasiva. Hábitat más que individuo.

Vieja. Mono. Árbol. Piedra nunca. Que no os extrañe si escribo poco. Tengo mucho trabajo por delante.