martes, 15 de mayo de 2018

Si al menos eso quedase



Lees un libro*. El libro te lee. Ese tipo de reciprocidad que al principio nunca das por sabida. Un milagro mudo como mirarse a los ojos y entender una verdad que te abraza y, si no vas con cuidado, y quién demonios quiere el cuidado, te engulle. No hay simetría, porque tus líneas son siempre más vagas, tus entrelíneas anchas como el Océano Índico en los mapas malos. Pero alguna prenda tuya se pone siempre en la mesa de apuestas, cuando parece que es sólo el libro el que está dando.

Dice mi libro “lo que quedará de nosotros es el amor”, y una parcela de corazón queda de golpe despejada de maleza. Territorio libre para la exploración. Hay que dejarlo todo atrás y adentrarse. El lastre del orgullo, lo que crees que eres, la experiencia previa. Lees y te quedas desnuda, con el sistema circulatorio y el motor expuestos. La ropa es útil porque minimiza el roce con el mundo y protege de la mugre. La piel vital, porque entre otras funciones oculta una amalgama viscosa de vísceras. Pero cuando te dejan así de revelada y reducida al mínimo, la existencia casi se comprende. Aunque no dure más que un instante. Aunque no sepas traducir el entendimiento en palabras. Aunque te quedes siempre a medias.

Lo que quedará de nosotros es el amor, y entonces todo encaja. Toda elección es certera si está impregnada de simpatía. Dudo muchas veces de si lo que hago o dejo de hacer con el tiempo que se me ha prestado es lo más conveniente o significativo. Me tumbo en el sofá, me rasco el cuero cabelludo, jugueteo con mis propios pies como un bebé de siete meses, y me pregunto si esa es manera digna de ser un humano. Una colonia despiadada de deberías me parasita. Y rara vez me doy cuenta de que estar así como estoy, atenta, simple, gozosa, es haber tocado ya meta.

Lo que quedará: el rastro de amor palpable que dejaste. Morirte y que alguien tenga el bendito impudor de decir no cuánto te he querido, sino, ay, pero cuánto me quisiste. Hay pistas en tu caminar que sugieren que has aprendido a vivir con cierta destreza. Por ejemplo, cuando el curso del amor traza un meandro amplio, amplio, hasta que se revierte. Y entonces ya no importa tanto lo que recibes o exiges como el consuelo o la ternura que das.

Lo que quedará. ¿Pero queda algo, siempre? ¿Aunque sea de forma implícita? ¿El amor que sentí y no expresé permanece? El amor ambiguo o sin objeto, sin correspondencia, sin un destinatario clásico. El amor a los azahares, a los árboles que florecen en medio de la ciudad, al cielo aborregado, a las mañanas de tinta china azul Pelikan, a los caminos rubios de Cádiz, a la naturaleza. A los desconocidos en los pasos de peatones que se miran los pies y me conmueven. A mí misma. Ojalá algo más penetrante y sutil que el corazón humano sepa interpretar mi estela. Ojalá mi amor quede flotando de alguna manera en el paisaje.


*Las viejas sendas, de Robert MacFarlane. Of course.

domingo, 6 de mayo de 2018

De libros manoseados y "sarha"



Echarle un vistazo solamente a la carne de mis libros, no a su identidad ni a su alma, o a la sociología que componen todos juntos, es comprender de golpe que carezco del vicio del fetichismo. Mis sufridos libros son marineros viejos, campesinos que quizás sólo consientan ponerse sombrero en julio. Al poco de perder su virginidad, la tersura de sus cubiertas se ha convertido ya en puro mito. Dentro hay rastros de lápiz, rayajos fucsia si tengo pintadas las uñas, goterones de zumo de níspero. Lugares significativamente frecuentados, cardenales, desolladuras. A veces una hierba que nunca se reencontrará con su nombre científico; a veces hasta un mosquito estampado contra el fondo de mi propia sangre. Pero mi sombra no suele ser tan obvia. Normalmente sólo es esa pátina oscura en paredes y muebles que van dejando los gatos cuando caracolean de deseo o de gusto.

Así caracoleo yo y ensucio. Honro pero no reverencio. Adoro a través del intercambio íntimo. Venero de forma muy poco seria. Es que siempre me cuesta andar sin ir toqueteando algo. Troncos, verjas, fachadas, hoja, piel, piedra. Buena parte de mis inputs sensoriales los recojo a través del tacto. No concibo filosóficamente lo intocable. Todo es amor y materia.

Con esto quiero decir que, si de entre las infinitas, estúpidas clasificaciones que podemos inventar para separarnos los unos de los otros, elegimos la de doblar o no los picos de las páginas, yo sería de las que sí, siempre, por supuesto. Mi amor por los libros no es de tipo cortés, precisamente. Aquellos con los que entablo idilios adquieren rápidamente el aire de un primer trimestre de embarazo. A fuerza de marcas y dobleces su cintura ensancha. Estoy tan colada por Las viejas sendas, de Robert MacFarlane, que creo que lo he dejado preñado. 


De gemelos.


Hay quien se enamora de quien llena sus vacíos, de su negativo perfecto. Yo debo de ser más arrogante, y me enamoro de aquellos a quienes más o menos me parezco. Los libros que me dejan huella fósil son aquellos que querría, que podría, y perdón por la petulancia, incluso haber escrito. El que hoy os presento es un acto de amor continuo al paisaje, un hermanamiento desprovisto de ñoñería, una comunión con los elementos y con los incontables pares de pies que hollaron los caminos antes que uno mismo. Una psicogeografía narrada con un lirismo delicado.

Cada página marcada me interroga, me invoca y me azuza. Explica con precisión lo que soy ahora o me guía para lo venidero como una brújula. Más adelante iré compartiendo mis tesoros, las pistas de realidad que, igual que el autor u otros hacen sucesivamente a lo largo del libro, he ido recolectando al caminar por su senda. Hoy empiezo con esta:

Sarha significaba originalmente “ sacar el ganado a pastar temprano en la mañana, dejando que deambule y pazca libremente”. Más tarde el término se humanizó para describir la acción de un caminante que salía a pasear sin un plan o rumbo fijo y sin ninguna constricción. Traducido a nuestro idioma sería algo así como “errar”, “deambular” o “pasear sin prisa”, pero ninguno de estos vocablos encierra los matices de escapada, placer e improvisación que transmite la palabra árabe.


Nada más. Un centenar de moscas se recortan a contrasol como pedacitos de cuarzo volantes. Ahí afuera cantan pájaros cuyos nombres desconozco. El verde gelatinoso de las hojas de las parras me reclama. El primer abejaruco del año. Aprecio más lo transitorio que mis textos. Vivo continua y gloriosamente en sarha.


lunes, 23 de abril de 2018

Biografía en cinco trienios



Despierto sola en una habitación de hotel por vez primera, y paladeo ese batiburrillo de vulnerabilidad y audacia característico. Desayuno mirando a la calle San Francisco con cierto aire mundano, y después, de camino a mi edad adulta, le voy declarando amor incondicional a cada piedra rubia de Cádiz. Sin darme cuenta llego a donde tengo que estampar mi firma, porque así, sin darme cuenta, es como hago entonces las cosas. Conozco al que con el tiempo se convertirá en un referente y en un ejemplo de decencia y compromiso. Ese día sólo es el primer agente de medio ambiente con el que me topo en la vida, y supongo que no le causo la mejor de las impresiones. No tengo vocación ni fuste, ni pajolera idea de adonde me meto. Pero mi reloj laboral se ha puesto inevitablemente en marcha.

Primer trienio, o la médula. En esos primeros tres años está todo. Son semilla, la urna que se coloca bajo la primera piedra de una obra. El hierro marcado a fuego. La impronta. Cada día es el comienzo de algo. Comienzo, por ejemplo, a entender otros idiomas. Río, arenisca, árbol, vaca. La elocuencia del mundo me arrolla. En cada curva de cada camino escucho: sal del coche, entra al bosque, deja que la belleza y el miedo te toquen. La niebla empieza a caérseme de los ojos. Son tan cansinos los soliloquios. Ante todo, me hago porosa. Me entrego al chaparrón con los brazos abiertos. No hay un día que, de modo más o menos consciente, no recuerde aquellas sendas, aquellas sombras. Aquel desamparo y aquel consuelo. Aquella infancia recobrada de pertenecer a un paisaje.

Segundo trienio, o el desarraigo. Pero una soledad fiera me siguió el rastro y para que no me hundiera el colmillo todavía más adentro, elegí la huida como respuesta. En momentos críticos no me bastó el arrullo del verde. Tiré la toalla, dije adiós a lo mío y me fui en pos de los humanos. A suelos sin yerba, a la ciudad estridente. Creo que faltan terminos psicológicos para nombrar lo que no es desdicha pero casi. No indiferencia pero casi. Tampoco añoranza pero casi. En aquel tiempo dejé que me zarandearan las corrientes. Como quien se monta en un autobús, cierra los ojos y se aísla, auriculares mediante. Lo que veía apenas me agarraba. El uniforme me hacía rozaduras por todas partes.

Tercer trienio, o avistar tierra. Entonces yo, semilla al viento, diente de león soplado, encontré suelo donde echar raíces, y no fue en un lugar sino en alguien. Sin aquellos años anteriores no hubiera sido posible. Sin la toma de posesión y la huida previas. Las prendas verdes se multiplicaron por dos en mi armario y a mis pasos les creció un eco. El madrugar se hizo pauta y el trabajo se volvió un asunto austero y digno. Mi compañero de desayuno, cena y guardias me enseñó a reconciliarme con el deber, me enseñó sobre todo el valor del cuidado. Y lo cotidiano se hizo ética.

Cuarto trienio, o la madera. El brote tira hacia arriba, despunta de la tierra, crece. El tronco se lignifica y aprende así a soportar embates. Gana en aplomo y en transigencia. Su movilidad se limita pero, a cambio, aprende a intercambiar virtuosamente con su medio. La robustez lo vuelve mucho menos exigente. Así aprendí yo a vivir estos años. Dejando de reprocharle al paisaje sus carencias. Curándome sin apenas darme cuenta de aquellos casis.

Quinto trienio, o el sentido. Y entonces te das cuenta de que estás donde tienes que estar, en este instante. De que trabajar puede ser algo más que levantarte de la cama cuando no quieres, cumplir decentemente con lo que se te encarga y hacer hora hasta el día siguiente. Se produce una alineación milagrosa entre tu obligación, tus valores y tus capacidades. Lo silvestre te reclama de nuevo y tú lo atiendes en cualquier parte. En la oficina, sobre el asfalto, a cinco grados bajo cero o a cuarenta. En olivares embarrados, en el ala rota de un búho, en los gusanos glotoneando cadáveres. En cada bache, cada zorro atrapado en un lazo, cada árbol que pese a su soledad rebrota. En la generosidad de compañeros admirables.

Hoy hace quince años que empecé a hacerme adulta y atenta, y ya no dudo de si caerán más trienios, como entonces, sino qué subtítulos llevarán los que vengan. Sólo espero que, si vuelve a verme, aquel primer agente pueda decir por fin: esta tipa ha encontrado algo así como una vocación, tiene cierto fuste y quizás también alguna idea.


La ocasión merece que me salte mi norma de no mostrarme, y mucho menos de uniforme.


domingo, 15 de abril de 2018

La nutria Esperanza



Desde hace algunas semanas la ciudad tiene una imitación más lograda de río, y no el habitual eufemismo. Cambio de ruta para ir al gimnasio, sólo para ver un ratito más largo trotar el agua entre su faja de cemento, opresiva. No es un gran espectáculo. El ritmo del corazón no se acompasa por fin con nada. No lo hace gorjear la belleza. Los arquetipos de lo silvestre, encriptados en el cerebro, no encuentran correspondencia con el paisaje. No hay aún verdadero río, pero sí al menos agua. Caída del cielo, derramada por laderas mondas, posada, blanco sobre blanco, sobre la montaña. Agua que oculta la vejación de su lecho de fábrica. Granada tiene un tajo ancho y casi siempre muy poca sangre.

No, no es un río. Algunos secos se merecen más ese nombre. Un río es agua que se dirige a alguna parte, y otras cosas. Es vegetación, croar y trino. Celosías de sombra y luz en la orilla. Alas traslúcidas, patas delgadas, huevos pegados a las piedras y al envés de las hojas. La bruma izada por mañanas frías. Muda y mandíbulas. Un continuo runrún de devorar, cambio y cópula. Es veleidad y certidumbre: una amenaza continua de avenida; una garantía de flujo. Hay que saber soportar los excesos del agua. A veces hay que esperarla con estoicismo, o hay que ir a por ella a lo profundo. A veces también hay que aprender a ahogarse. Corra el agua atropelladamente o se deslice, un río es una escuela de mansedumbre.

En su paso por el centro urbano al Genil le han amputado las riberas. Me recuerda a los pies vendados hasta la deformidad de las damas chinas. El agua encajada a la fuerza en su jaula de material impermeable. Demasiado liso, demasiado esquivo a las conversaciones naturales. No hay semilla que sepa abrir el cemento, ni un desliz de las paredes verticales. Nunca pierden su compostura hosca, nunca se dan al abrazo. Pero las nutrias encuentran agua y no pierden la esperanza. Y yo, consecuentemente, tampoco.

Me desvío un poco de mi camino por si hoy tengo suerte. Bajo en dirección a lo que ya no es vega, el sol en la cara, nubes como edredones. A veces el cielo tiene ese aire tan doméstico. Intento comprender los bloques de pisos como acantilados, el río un cañón como tantos, un ecosistema críptico que sólo necesita una dosis extra de atención y amor para ser descifrado. Y me aposto donde hace un par de meses se vio a la nutria. Zambulléndose una y otra vez en esta caricatura de río como si hubiera alcanzado agua prometida. ¿Jugando a pescar como juegan los gatos al cazar ratones invisibles? Alguien grabó sus retozos a la luz de las farolas. ¿Intuyó el animal en esa rara luz algún tipo de magia? ¿O simplemente aceptó lo que se daba? Subió explorando el curso de lo que ella no diferencia como río o no-río. Encontró una bañera y chapoteó en ella a su antojo. Como si cualquier lugar fuera bueno para ser nutria. Llevaba el río en sí misma y, en su escarceo, se lo donó a este canal urbano.

Yo quiero ver a la nutria para que me desmienta que estamos fuera de sitio. Que se puede nadar en cualquier parte. Que las semillas bravas pueden arraigar en cualquier cauce arisco. Que las relaciones naturales amputadas pueden volver a injertarse.


Al pie de un puente, por fin huellas, agua firmando el barro, y quién sabe qué pasajeros en las ramas muertas.


domingo, 8 de abril de 2018

Soy canción



Cuando el absurdómetro se dispara y los “por qué” y “para qué” invaden mi mente como jaramagos en los solares; cuando me desboco y me doy cuenta pero no puedo pararme, igual que cuando sueño que conduzco un coche sin saber realmente; cuando la vida bien aprendida se pega a las paredes del corazón como sarro; cuando no comprendo nada; cuando comprendo demasiado a la ligera y se me olvida sorprenderme; cuando soy capaz de inventarme un catálogo de excusas para vivir, digamos, al sesenta por ciento; cuando me aburro de ver siempre el mismo ciprés harapiento al otro lado de la ventana, el mismo naranjo mal podado; cuando las personas se aíslan detrás un foso de palabras; cuando una pantalla tras otra pantalla tras otra pantalla; cuando me envenena la cháchara:

Entonces abro mi libro de David George Haskell. Verbo bien trabado como el caldo en un guiso de abuela. Mano fría en la frente. Ojos dialogando con ojos. La luz de una iglesia sin llagas sangrantes ni vidrieras. Esa sonrisa que se basta a sí misma para decir “podéis ir en paz”, para que te lo creas.

Da lo que promete, y con propina. Su subtítulo propone Un viaje por las conexiones de la naturaleza, pero como todo viaje que merece ser contado, el viajero termina siendo lo mismo que el camino. Ese es el regalo extra: tú, lector, no te limitas a admirar el tapiz apretadísimo de las cosas de ahí afuera, sino que eres anudado a la trama y pasas a ser parte del dibujo. La naturaleza revelada es una red, pero tú no eres el pez atrapado en ella. Eres uno más de los infinitos nodos. Eres parte inseparable. Eres el libro y eres naturaleza.

Y por eso el libro me apela y me explica, y yo acudo a él a veces como si fuera una forma de I Ching. Esto eres, esto puedes ser, apunta, según el talante con que lo abras. Puedo ser la necia que cree que la arena es roca y ahí construye, o la palmera que surfea playas arrasadas por temporales y ha aprendido a crecer en medio del cambio. Puedo ser el olivo añoso y hueco, el tronco original ausente, las ramas dando sombra y fruto a partir de brotes de raíces que sustituyeron al crecimiento antiguo. Mi configuración puede ser flexible y al mismo tiempo estable. Puedo ser distinta y la misma. Una sola y el todo. La misma cosa que el silencio o el ruido. Puedo mordisquear los jaramagos antes de que se marchiten. Puedo ser yo y lo que hay detrás de la ventana, el polen del ciprés y las naranjas de un árbol descuidado que sigue floreciendo, dialogando con el cielo y las abejas, fructificando.

Descuidados y sin más programa que su impulso. Como la de detrás del vidrio.


Y puedo no imitar a la naturaleza, sino serla. Seguir así el impulso irrefenable de la vida de convertir la luz solar en canción. No hay solamente una forma de hacerlo. Resonará o no en tu cerebro en forma de estas palabras. Seguirá el ritmo de mis pasos y mis saltos. Será un latido discreto cuando esté tumbada en la cama y callada y parezca que no hago nada. Hará dúo con tu respiración.

domingo, 18 de marzo de 2018

La cita



Ese momento que espero sin querer apenas, porque no quiero enturbiarlo con mi expectativa. La cita del domingo, podría llamarlo. Con su tenue aura alrededor de la que sólo yo soy testigo. Como ocurre con toda ceremonia íntima. Que me gustan los domingos es una cosa vieja. No comprendo que estén tan mal vistos. Hay quien no puede tolerar la parsimonia con la que parecen deslizarse, el tic tac, tic tac, tic tac que se recrea en la pausa. Precisamente eso es lo que a mí me priva. Tic. Silencio. Tac. Por fin la tregua.

O quizás resultan medio intolerables porque son cajones de salida. La carrera de los quehaceres está a punto de comenzar: todos a sus puestos. El atleta se revuelve, mira al frente, el ceño fruncido y los brazos en jarra; apoya en el suelo de diez formas distintas el tobillo inestable; ¿lo dejará esta vez tirado? ¿Será capaz de completar la prueba? Esta sucesión de exigencias que, tictac/tictac/tictac, no para nunca.

Yo he montado mi cita para desactivar esta ansiedad de atalaya. Quiero acampar un rato en tierra de nadie. Entre el ocio ajetreado y la diligencia de los días hábiles. Reservar lo mejor de mí misma para nada. Como una falla de Valencia entregada al fuego. Me tumbaré en la cama. En el sofá no. Ese es un ecosistema abigarrado, y yo soy todas las relaciones que establezco. La miga de mi ceremonia es dejarme aparcada un ratito. Yo sola a oscuras. Y negarme.

Siempre somos interrogados acerca de lo que hacemos para sentirnos llenos. A mí se me ocurren infinidad de cosas. Soy un sí montado encima de unos pies de la talla 37. Leer sí, escribir sí; correr, saltar y sacar músculo. Sí, mirar de cerca las plantas y las montañas de lejos; arañar con una uña de bebé la costra del mundo a golpe de móvil. Sí, sacar de la nevera lo que haya y hacer toda clase de permutaciones. Sí, sí, sí, como en ese anuncio de perfume idiota. Demasiado apetito para un zapato pequeño.

Mi ratito secreto incrustado en el domingo se dedicará a todo lo contrario. Solamente un ratito, después de sudar y escribir estas líneas; antes de encender la vitrocerámica y el horno y hacer cuajar comida y amor. Me despojaré de cada capa jugosa y dulce hasta alcanzar mi hueso. A cada sí lo emparejaré con un no. No cavilar. No andar pendiente. No tratar de entender la realidad entera de golpe. No empezar. No progresar. No terminar. No hacer, en definitiva. No ser a través de lo que emprenden las manos inquietas. No dar testimonio ni explicaciones de mí misma. No buscarme en la mirada de los otros. No exhibirme. No cavar trincheras alrededor de la piel.

Me tumbaré y seré la lluvia y el viento, todas las clases de viento que pronuncia cada árbol en torno a esta casa. El fútbol en la planta de abajo. El croar de las ranas embriagadas lo mismo que el parloteo de este cerebro que no es una cosa aparte. Las higueras que ya están brotando. Esa primera hoja, sobre todo. La primera que asoma tras unos meses de pausa.


Blandita y peluda como Platero.


domingo, 11 de marzo de 2018

Casi no (26)



Pero cuando te sacudes del poder deslumbrante, acaparador, del presente vuelves a saber que la vida podría haber sido de mil maneras distintas. Piensas en el asunto, en las decisiones tomadas tan inconscientemente que más bien te tomaron ellas; en las veces incontables en que tu historia tonteó, sigue tonteando con los “casi”. Lo que casi pasó, lo que casi, casi no pasa. Y se te ocurre que la vida, como la materia, debe de tener una configuración cuántica. Apenas sabrás definir esa intuición si te preguntan. Ni siquiera tienes, con franqueza, la más remota idea competente acerca de qué es o deja de ser lo cuántico. Pero es lo que te viene a la cabeza cuando, al pensarla, la realidad te parece así, nebulosa. Lo que ahora eres ha pendido de tantos hilos; ha estado a punto de alargarse o acortarse de tantas formas que, cuando intentas aferrarla, tu identidad, como un átomo que rehúsa ser observado, se te escapa.


En 1948 Betty Molesworth se convirtió en esposa y su identidad, como gota de lluvia sobre un nucleo de condensación, cuajó en torno a su libro de familia. Cortó lazos geográficos y emocionales. Tapió corredores, rehizo el proyecto de la vida que estaba a punto de construirse. Renunció a una beca de la Universidad de Basilea que, con tiempo y sudor, podría haberla llevado a cumplir su ambición íntima de ver puesto su nombre en un diploma. Se olvidó de Nueva Caledonia. Tomó la decisión de casarse con poco más que un conocido. Quizás la decisión la tomó a ella. El azar chasqueó los dedos y, bum, Betty pasó a ser en un abrir de ojos la señora Allen.

Así, a golpe de carambolas y giros súbitos, es como suelen pasar las cosas. La biografía jugando al pinball y columpiándose despreocupadamente, deshojando la margarita entre el sí y el no. Veinte años después, la idea de una vida sin Geoffrey le parecerá a Betty tan absurda que el tiempo transcurrido hasta conocerlo será puesto en entredicho. Y sin embargo, tengo la intuición de que al principio su inminente marido ni siquiera le gustó. Cuando se fuerce a sí misma y haga el ejercicio de recordar el momento en que su futuro se puso a cero, tapará el desconcierto con ironía y se dirá “fíjate, Betty, cómo te cazó este gordo”. Imposible que no terminara sucediendo. Qué sorprendente que sucediera.

Un hombre efusivo y seguro de sí mismo conduce el coche, robándole la atención a la carretera para girarse hacia ella de continuo. Habla demasiado, hace demasiadas preguntas, se carcajea sin venir demasiado a cuento. “Estupendo”, brama todo el rato. Todo le parece tan estupendo. Que sea prima de su amigote David. Que lleve tan poco tiempo en el país, que venga de Nueva Zelanda. Que esté interesada en la botánica, ¡estupendo!, aquí ya hay muchos ornitólogos, necesitamos que alguien nos hable de plantas. Se bajan del coche, él le arranca la maletita de la mano. Le cede el paso en el sendero de grava que conduce al bungalow de los Edgar. La sombra de su mano se posa tan breve, tan ligera, en una latitud tan inconveniente de su espalda que Betty teme habérselo imaginado. Teme que le haya notado las vértebras y que luego, húmedo de ginebra, se burle de ella con los otros. Desprende calor, lo nota. Su presencia le resulta tan invasiva. Y se ríe como si de los grifos saliera leche. Es simpático como un perro que no ha conocido cadena, que no se ha llevado un palo en la vida.

Betty, claro, no se siente muy cómoda. No es culpa sólo de él, de su risa de boca abierta, sus batallitas de oficial de la RAF, su panza y su bigotazo. Es que sentirse cómoda no es algo que acostumbre. En los días que pasará en la montaña, invitada por el ornitólogo de Kuala Lumpur Sandy Edgar, cuyo contacto le ha facilitado David Molesworth, verá cómo sus rodillas se pegan a las suyas a menudo. Habrá risitas furtivas; el grupo de naturalistas con el que comparten estas vacaciones jugará con ellos a los alcahuetes. Qué combinación de aficiones tan armoniosa, cacarean, plantas y pajaritos, un cuadro completo de la selva resumido en una sola pareja.

Y todo el mundo fuma exageradamente, salvo ellos. Como volcanes, como fábricas de Sheffield. La aversión al humo los junta. Betty no tiene los pulmones más robustos del mundo. Geoffrey se declara de la liga antitabaco y la acompaña a la terraza, donde suelen desayunar juntos contemplando los retales de nubes que lamen la selva. Obviamente Geoffrey disfruta comiendo. Es de las pocas cosas que se toma en serio y eso a Betty la relaja. Los demás mordisquean apenas sus cigarros y un trocito rácano de tostada, mientras ellos se pasan en silencio los huevos y el jamón, el porridge, las judías con tomate.

Cómo no acordarse entonces de las palabras de su institutriz, Mrs. Mortimer: cásate con el hombre con el que puedas imaginarte desayunando día tras día, sin que te repela. Geoffrey le gusta un poco más a esa hora, discreto, pendiente del canto desbocado de un millón de pájaros, casi tímido. No quiere casarse con él. No quiere casarse con nadie. Pero mientras untan con mantequilla su segunda tostada sonríe para sus adentros, y sin darse cuenta empieza a fundir la figura cálida de Geoffrey con la voz de aquella mujer que sí supo darle cariño.